Obsolescencia Programada ó de Cómo se Termina la Vida Útil de un Producto

03/07/2013

Si se mantiene el ritmo de consumo actual, en 2030 harán falta dos planetas para atender las necesidades de la población y tres en 2050…

La tecnología ha traído una mejora en relación con la cantidad de productos que nos ofrecen, así como de accesorios para complementar nuestros equipos. Esto es lo que las empresas, con mercadotecnia y estrategias de comunicación planificadas, nos ofrecen con la idea fiel de que lo necesitamos por moda, estatus y reconocimiento, así como por tendencia social.

 

 Para ello, cada producto fabricado cuenta con un periodo de utilidad específico —dependiendo de la marca o empresa que lo fabrique—, durabilidad que está programada con la finalidad de que caduque. Si se toma como primera opción repararlo, puede salir más caro que comprar uno más reciente, tanto que las empresas o negocios encargados de arreglar dicho equipo suelen sugerir comprar uno nuevo, ya que el precio es más bajo, vienen con nuevas actualizaciones, diseños para ahorrar espacio y mejorar la experiencia con otros dispositivos. ¿Les ha sucedido algo similar?

Las estrategias y los tratados comerciales entre países se centraron, después de la crisis económica de los años 30 en Estados Unidos, y fueron aprovechados para que empresas privadas (en la mayoría de los casos) observaran la situación en la que la sociedad estaba inmersa, para de ahí contemplar un nuevo método de manufactura: producción en masa con la finalidad de ayudar a las empresas a ser competitivas, reactivar la economía y, sobre todo, marcar un eje financiero con miras a proveer productos y servicios a una sociedad que estaba en una transición desfavorable: el consumo desmedido para la generación de un mundo capitalista.

 

Con el avance tecnológico, nuevos descubrimientos y mejora en productos de uso diario (y ya cotidiano) la sociedad del consumo ha participado activamente, sin cuestionar lo que las grandes empresas y firmas transnacionales ofrecen. Este tipo de sociedad ha producido generaciones desesperadas por contar con lo último en tecnología, sistemas de cómputo y modos de vida integradas a sociedades digitales. El deseo del consumidor de poseer algo un poco más nuevo, un poco antes de lo necesario, es lo que la obsolescencia programada ha hecho de los productos y la mercadotecnia, ofreciendo todo lo que se pueda, en grandes cantidades y a un paso veloz.

El video titulado La obsolescencia programada, fabricados para no durar, en colaboración con Televisión Española y de Catalunya, con el apoyo de Arte France, bajo la dirección de Cosima Dannoritzer, y con una duración de 52 minutos, inicia con el problema que presenta una impresora por el simple hecho de que ha cumplido su ciclo de vida por la cantidad de impresiones permitidas. Acto seguido, el consumidor decide llevarla a tres establecimientos donde reparan equipo de cómputo y, para su mala suerte, le comentan y sugieren que mejor adquiera una nueva, porque la que tiene ya no se puede reparar. No es coincidencia que en los tres lugares donde pregunta la respuesta sea la misma, pero para la obsolescencia programada sí lo es.

No fueron las impresoras las que sirvieron como modelo para decidir que los productos tuvieran un periodo corto de uso, sino una bombilla (foco de luz tradicional) ubicada en una estación de bomberos en Estados Unidos, donde ya llevaba encendida más de 100 años. Hacía 1895, el filamento implementado para generar la luz fue un invento de Adolphe Chaillet, quien cuidó que su descubrimiento durara mucho tiempo. Hasta la fecha nadie supo a ciencia cierta cómo fue que desarrolló tan interesante tecnología en aquellos años.

Cada producto fabricado cuenta con un periodo de utilidad específico —dependiendo de la marca o empresa que
lo fabrique—, durabilidad que está programada con la finalidad de que caduque.

La bombilla en cuestión implicaba la poca demanda que habría a largo plazo si éstas duraban 100 años. Por tal razón, grandes empresarios y accionistas crearon en 1924 una organización secreta para controlar la producción de bombillas a escala mundial y repartirse ganancias millonarias, dicha secta fue llamada Phoebus, integrada por empresas como Osram, Phillips y General Electric.

Cada bombilla contaba con un periodo de uso de hasta 2 mil 500 horas, donde las personas encargadas de controlar la secta Phoebus tomaron la decisión en limitar la vida útil de cada foco a tan sólo mil 500 horas. Si los otros fabricantes no ofrecían el producto acorde a sus leyes establecidas, éstos eran severamente multados y eliminados casi de manera inmediata al considerarlos como desleales. Para los años 40, dicha secta había establecido como base estándar una duración máxima de mil horas por cada foco vendido.

Un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios

Tras el Crash de 1929, Bernard London (inminente inversor inmobiliario) introdujo el concepto de obsolescencia programada y propuso poner fecha de caducidad a los productos, lo que animaría el consumo, la necesidad de producir mercancías en masa y daría un giro radical al pensamiento humano al influir de manera directa sobre el deseo de obtener lo que no se necesita.

Durante la década de 1950, Brooks Stevens, extraordinario diseñador, creó desde tostadores hasta autos sedanes con la finalidad de incentivar la obsolescencia programada y retomarla casi 20 años después con la idea de provocar en el consumidor un deseo de compra sin obligarlo, pero sí de seducirlo.

Si lo analizamos a detalle, la gente se está fijando más en el aspecto de las cosas, presta atención a todo lo nuevo, bonito y moderno. El marketing, presentación y disponibilidad de los productos han hecho que, desde la década de los 50, sea sencillo seducir a los consumidores a través de las estrategias de comunicación y publicidad. El resultado, una sociedad con miras a comprar y comprar.

Apple: un engaño de identidad

En la actualidad, sobre todo en países europeos, existen universidades donde se enseña como materia obligatoria la obsolescencia programada en licenciaturas de diseño industrial e ingeniería, para enseñar a los alumnos los ciclos de vida de un producto y todo lo que conlleva desde su previa creación, fabricación y punto mediático de venta.

Con la llegada del tan afamado y conocido dispositivo que revolucionó el estilo de escuchar música, el iPod, se creó a nivel mundial una preferencia de consumo para marcar una tendencia de vanguardia, estilo e identidad social. Después de la presentación de su producto estrella (recordemos que el iPod fue uno de los primeros en mejorar el uso de la tecnología), los consumidores descubrieron que, después de 8 u 11 meses, la batería fuente presentaba problemas y al realizar el reporte recomendaban que mejor se comprara uno nuevo.

Tal caso llegó a la corte de Estados Unidos gracias a que un par de consumidores, que confiaban en la marca, incluyeron el mensaje “La batería irreemplazable del iPod, sólo dura 18 meses” en cada espectacular de la marca. Con ese material, realizaron un cortometraje que se difundió en la Web y alcanzó 6 millones de visitas durante el primer mes.

Lo anterior trajo consigo una demanda colectiva de diversos consumidores que contaban con el iPod y se les había presentado dicho problema, por tal situación accionistas y programadores de Apple realizaron cambios en sus políticas de uso a dos años (ya que era de tan sólo uno) y los demandantes obtuvieron una compensación.

Parece que la obsolescencia programada llegó para quedarse. Nos hace pensar que necesitamos la renovación de ciertos productos que utilizamos sin que sea del todo cierto. ¿Dónde queda entonces la competencia de las autoridades? ¿Pueden hacer algo al respecto? ¿Cómo impulsar la creación de normas internacionales obligatorias en relación con la durabilidad de los productos?

El resultado, una sociedad con miras a comprar y comprar.

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