Ratzinger, Francisco y la Agenda Pendiente en la Iglesia Católica

Sorpresivamente en febrero del presente año el teólogo alemán y pontífice Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, renunció a su cargo. Este acontecimiento atrajo la atención de propios y extraños que, sin ser parte de la Iglesia católica, reconocen la geopolítica vaticana, es decir, que ven este acto no sólo como un hecho que atañe a los fieles sino como el movimiento de diversas piezas sociopolíticas.


Hay que reconocer que el catolicismo es la religión más influyente en Occidente y ha sido pieza importante en la formación de conciencias, pero también de políticas que en muchos casos no responden a la complejidad social en la que la iglesia desarrolla su misión. Hay que dejar claro que “el sucesor de San Pedro” no sólo es el pastor que cuida a la grey, pues también es un jefe de Estado con intereses de poder.

El catolicismo nunca ha sido un todo homogéneo ni en la llamada Edad Media. Basta con recordar la magnífica obra del historiador italiano Carlo Ginzburg, quien rescata a Menocchio, un molinero del siglo XVI quien entendía el “caos creacional” del siguiente modo:

Yo he dicho que, por lo que yo pienso y creo, todo era un caos… y que aquel volumen poco a poco formó una masa, como se hace el queso con la leche, y en él se formaron gusanos, y estos fueron los ángeles; y la santísima majestad quiso que aquello fuese Dios y los ángeles; y entre aquel número de ángeles también estaba Dios creado también él de aquella masa y al mismo tiempo… (Ginzburg, 1999, p. 92)

Sin embargo, hay que aclarar que en las últimas décadas el monopolio que ostentaba el catolicismo ha venido a menos, dada la competencia de otras religiones y por la propia distancia que los creyentes han tenido hacia la institución religiosa. Para la primera mitad de la década de los 70, en Francia, Michel de Certeau decía lo siguiente:

… la institución cristiana se agrieta, como una casa abandonada: hay creyentes que salen de ella por la ventana; hay recuperadores que entran en ella por todas las puertas. Es un lugar cruzado por movimientos de todas las clases. Lo utilizan para todos los fines. No define ya un sentido ni es ya el indicativo social de una fe. La constelación eclesial se disemina a medida que sus elementos se desorbitan. Deja de “tenerse en pie”, porque ya no existe una articulación firme entre el acto de creer y los signos objetivos. (De Certeau y Domenach, 1976, pp. 11-12)

Es cierto que Benedicto XVI no tiene el carisma de Juan Pablo II y, lo que es más, nunca fue un pastor; siempre fue visto como un teólogo de aula, lo cual no demerita su trabajo. Pese a que no compartamos sus ideas, hay que reconocer, frente a las mofas que se dieron a conocer en las redes sociales, que hay pocas mentes para pensar la fe como la del ahora papa emérito. Como muestra, bastará con recordar el debate sostenido en 2004 con Jürgen Habermas.

El futuro de la Iglesia católica demanda una pastoral que dé cuenta de los signos de los tiempos, que pueda cambiar el rostro que el Vaticano ha mostrado a la sociedad, sobre todo en temas en los que se exige una lectura inclusiva de la Biblia y de la realidad: en lo social, aborto, homosexualidad, migración; en lo político, dictaduras, liberalismo, democracias; en lo económico, neoliberalismo, deuda externa, empobrecimiento; en lo religioso, ecumenismo, new age; en lo penal, pederastia; en todo, un largo etcétera…

Benedicto XVI no quiso o no pudo —quizá nunca lo sabremos— cargar con ese yugo y dejó tras de sí una pesada carga para su sucesor. No es extraño, pues fue sobrepasado por la política eclesial que funciona con lógicas diferentes a las de la academia, a las de la teología misma. Sin embargo, Ratzinger no ha terminado su carrera eclesial y, sin duda, desde su trinchera sabrá mantener y mover el mecanismo de una institución que se fragmenta.

La elección del nuevo papa en el mes de marzo causó asombro al ser electo un latinoamericano, aunque de padres italianos. El argentino Jorge Bergoglio, quien eligiera para su pontificado el nombre de Francisco, tiene el gran reto de llevar a la Iglesia católica sobre sus hombros. Inmediatamente después de su elección no han faltado las voces que expresan su animadversión por un pasado oscuro y un presente conservador. Algunos lo han evidenciado como cómplice de la dictadura militar en su país (entre 1976 y 1983), otros lo han criticado duramente por su postura moral en torno a la relación de parejas del mismo sexo. Pero también hay quienes afirman que es un hombre íntegro y que está “libre de pecado”.

Pese a esto, lo cierto es que la elección de un latinoamericano puede ser interpretada de diversos modos. No hay que olvidar que América Latina es el bastión católico, ya que representa más de 40% de la población mundial de sus fieles. Tampoco hay que soslayar que tiene una agenda de pendientes que esperan resolución; los más urgentes: curas pederastas y obispos que los encubren; en el mediano plazo: el distanciamiento de los jóvenes, el papel de la mujer dentro de los ministerios eclesiales y el respeto a la autodeterminación sobre su cuerpo, el reconocimiento de los derechos de las minorías sexuales y el uso de anticonceptivos como método de prevención de embarazos y enfermedades de transmisión sexual, derechos humanos y temas coyunturales.

Para todo ello se necesitan cambios estructurales, empero, las acciones recientes de la Iglesia católica dicen otra cosa: ha guardado silencio, ha sido incapaz de compenetrar la estructura social, no ha querido rendir cuentas a quienes ha dañado. Silencia cuando encuentra elementos que disienten de “su” verdad, como lo hizo con algunos teólogos eminentes como Hans Küng o con aquéllos que optaron por los pobres, como Leonardo Boff y Jon Sobrino.

En México, el papel de la Iglesia católica también ha sido cuestionado severamente, ya sea por la desilusión de los fieles o por los cambios estructurales que han permitido la emergencia de nuevas expresiones religiosas, minoritarias ciertamente, pero muy activas. Lo cierto es que hay un claro distanciamiento de los creyentes con la institución, ya que el catolicismo ha descendido gradualmente cerca de 20 puntos porcentuales según los últimos datos censales.

Con esto, vuelven a aparecer los menocchios que dan cuenta del dogma con sus propios argumentos y sin sanción inquisitorial. Los creyentes salen por las ventanas, las grietas y las puertas de una institución desgastada y deslegitimada, o sencillamente salen, entran y vuelven a salir usando a la instancia como medio para su religiosidad popular, pero no como su fin. Después de todo, en México se es más guadalupano que católico como tal.

Frente a este panorama incierto, uno se pregunta qué futuro le espera a la iglesia que excomulgó a Lutero e Hidalgo, que canonizó mártires cristeros, que ha excluido de la comunión a homosexuales y lesbianas y, entre tantas otras cosas, que se alineó muchas veces con las dictaduras. Pero también habrá que considerar cuál es el futuro que le espera a la iglesia que sigue movilizando multitudes y que para muchos creyentes sinceros aún es la guía de su vida.

Actualmente, el catolicismo atraviesa un momento coyuntural, pues se sitúa entre quienes desean aferrarse a la certidumbre conservadora y entre quienes apuestan por lo incierto, lo arriesgado y novedoso. Hoy, más que nunca, los fieles que comulgan con la fe católica están obligados a ejercitar su conciencia y decidir qué camino debe tomar la comunidad que conforman. En lo personal, yo ya tomé mi decisión, como años atrás lo hiciera la poeta xalapeña Maliyel Beverido (2012):

Mi humana condición no me permite la idea de gozar y arrepentirme. Qué triste sufrir para expiar el ser feliz por un momento. Prefiero la doctrina de los faunos que encienden sus hogueras en el bosque y danzan y cantan y respiran (p. 31).

Fuentes consultadas Beverido, Maliyel (2012). Cientos de veces. Xalapa: Universidad Veracruzana. De Certeau, Michel y Domenach, Jean Marie (1976). El estallido del cristianismo. Buenos Aires: Sudamericana. Ginzburg, Carlo (1999). El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. Barcelona: Muchnik Editores.

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