El Lado Optista de la SuperPoblación

03/03/2013

“Los países están abrumados”

National Geographic califica de este modo la situación de los países si se mantiene el crecimiento exponencial de la población al ritmo que lo están llevando al día de hoy.

 

Pero no es sólo una cuestión de crecimiento exponencial; confluyen otros factores más preocupantes. En este sentido, se nos invita a contemplar el planeta con un crecimiento poblacional desenfrenado y manteniendo casi de manera intacta las fallas del sistema; es entonces cuando debemos preguntarnos si el abrumo es trascendental o mucho más relevante es el discurso catastrofista basado en la pérdida de la confianza.

Por una parte, quizás yo como escritora tenga dificultades para entender cómo un país es capaz de abrumarse. Abrumarse de agobiarse. Partiendo de la base que todos comprendemos que es imposible que eso suceda, entendemos entonces que los dirigentes de los Estados y sus sociedades están agobiadas. Abrumadas 20 años antes. No queremos decir que la previsión no sea buena. De hecho debió haberse dado a 40 años vista. Lo inquietante es el agobio, el abrumo, la presión que se siente sobre los hombros. Analicémoslo.

Si hiciéramos una lista con todo lo que deberíamos hacer para no llegar al abrumo quizás tendríamos la sensación de estar andando sobre lo correcto, pero cuando lo que se plantea es el agobio desde un inicio, da la sensación de que transitamos de puntillas para alcanzar la salida más fácil.

En cierto modo es así. El problema de lasuperpoblación abruma, pero las medidas que pueden rondarnos la cabeza a voz de pronto asustan. Y los agobios se pueden sobrellevar pero el susto siempre paraliza. ¿Qué podemos hacer ante la inminente superpoblación?

Inquietud. Las posibles respuestas me generan inquietud.

Los Estados deben proporcionar bienestar. Que la población que forma parte de ellos viva más años es un indicador de que las cosas andan bien y desde siempre la ciencia demográfica ha supuesto que las poblaciones necesitan de una pirámide con una base amplia que sostenga a la gente que se encuentra en las capas más altas. No necesitamos ser excesivamente inteligentes para comprenderlo, es tan simple como que forma parte del temario de ciencias sociales de los escolares de 11 años.

Inquietud me genera poder pensar que ante la superpoblación la solución que pueda aliviarnos el problema radique justo en la posición contraria de hacer lo correcto. ¿Dejamos de educar? ¿Dejamos de suministrar salud? ¿Dejamos de atender las necesidades básicas de nuestra población? ¿Dejamos de hacernos cargo, aún más si cabe, de las hambrunas y de aquéllos que las padecen?

Inquietud. Miedo. Quizás ahora podamos comenzar a abrumarnos.

Aunque si nos abrumamos, si nos agobiamos, seguramente será porque estamos muy juntos y deseamos justamente lo contrario ¿no? El mundo se vuelve entonces un sinsentido que es increíblemente apasionante poder analizar.

¿Cabremos todos? ¿Será el mundo capaz de poder acoger a mil millones o 2 mil millones de personas más? En este punto podemos o bien aceptar las teorías catastrofistas de teóricos como Ehrlich que nos llevan a pensar en un colapso sin precedentes o bien seguir argumentando, aunque sólo sea por poner el punto de optimismo, porque a veces nos movemos en la ética del sinsentido.

Vivimos en el mundo de las conectividades. Quizás muchos penséis que mi planteamiento es banal y superficial, no digo que no, pero no se puede obviar que nos gusta la gente. Tenemos Facebook, Twitter (que supongo que por un motivo de miedo a la superpoblación sólo nos deja escribir 140 caracteres) y el Skype que nos permite tener conversaciones grupales, sacarnos una foto y subir algunos peldaños en el muro de la fama de tus amigos sintiéndote internacional. El reconocimiento, ese concepto etéreo que se mide por la cantidad de gente que te rodea más que por los triunfos profesionales individuales.

La individualidad no es aplaudida; nadie hace cola para ir a ver un equipo de futbol sin nadie más en la cancha, nadie espera salir de fiesta y encontrarse solo. De hecho la imperiosa individualidad adquiere nomenclatura psiquiátrica. De locos, ¿verdad?

La superpoblación es un problema que abarca mucho más que el simple hecho de que vivamos muchos más en el mismo espacio. Vicente Verdú escribió en esta línea de pensamiento un excelente texto titulado ¿Cabemos todos en el mundo? Y dio en la clave. En la tecla que explica todo de manera razonable. No tenemos miedo al crecimiento exponencial de la población, de hecho consideramos razonables las teorías que sustentan que el mundo como ecosistema es capaz de autorregularse. Lo que nos abruma y nos estremece es la pobreza. El crecimiento poblacional del último siglo se ha dado en los países con altos niveles de pobreza en donde la educación sexual y el acceso al sentido de bienestar que tanto nos gusta a los occidentales no se perciben.

Ellos sufren y nosotros nos abrumamos. Seguramente, como establece Verdú, por miedo a la pérdida de clase, por el miedo al traslado de la pobreza dentro de las fronteras de los países no empobrecidos, por miedo a esas migraciones, por ver amenazado nuestro bienestar.

No nos engañemos, al final todo recae en lo mismo, seguir viviendo bien. Ojalá la solución de los catastrofistas no pase por muertes lentas derivadas por continentes olvidados. Ojalá seamos capaces de dejarnos el espacio justo y aprendamos también a tocarnos, de igual a igual. Mientras ustedes escogen… ¿optimistas o catastrofistas? Queda a su elección…

Por mi parte me voy de fiesta, con gente, y pensando como siempre que con responsabilidad todo puede ser gestionable. ¿O acaso las revoluciones se hicieron solas?

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