Una Joven Serbia: Entre la Brutalidad y la Belleza

Son siempre los fuertes y no los débiles quienes dictan las fronteras Slobodan Milosevic (discurso en Belgrado, 16 de marzo de 1991)

 

En el año 2000, la artista serbia Tanja Ostojic, lanza un osado proyecto titulado Mission Statement (Declaración de objetivos), compuesto por tres performances, Illegal border crossing (Cruce ilegal de la frontera), Waiting for a Visa (Esperando una visa) y Looking for a husband with a EU Passport (Buscando a un esposo con pasaporte de la UE)1.

 

En estas muestras escénicas, Ostojic analiza los inconvenientes sociales, económicos y políticos de poseer un pasaporte de Europa Oriental. Además pone en tela de juicio los verdaderos motivos de la creación de la Unión Europea, representándola como un freno al flujo migratorio cada vez más intenso proveniente del Este, así como para deslindar responsabilidades ante los constantes conflictos que tenían lugar, principalmente, en los Balcanes y en los países otrora miembros de la Unión Soviética, quienes mermarían el desarrollo y eficaz funcionamiento de la comunidad.

 

La embarazosa estrategia de la que Milosevic2 se había valido, a principios de la década de los 90, para expulsar de territorio serbio a miembros de otras comunidades, fue similar a la utilizada mediante la creación de la Unión Europea, repeliendo cualquier tipo de “invasión” a su territorio, aunque, esta última, poseedora de un mejor disfraz. Para darse cuenta basta con ver cómo los ejemplos de racismo hacia latinos y musulmanes, en España, Francia y Alemania, se multiplican cada vez más, y cómo las medidas antimigratorias, propugnadas por las autoridades, únicamente fomentan y protegen tan nocivos comportamientos.

 

Mission Statement culmina con una acción en la que la artista publica un anuncio, vía Internet, en la página Capital & Gender3, en el cual solicita un esposo con pasaporte de la Unión Europea y que facilite y agilice su acceso a dicho territorio. Colocando una fotografía suya desnuda, depilada de todo el cuerpo, en actitud sumisa, se ofrece al mejor postor. Así, Ostojic, ilustra los riesgos experimentados por los inmigrantes que pretenden llegar a los países occidentales, ya sea en busca de la estabilidad financiera que no tienen en sus lugares de origen o huyendo de conflictos bélicos, la explotación sexual o laboral y la discriminación.

 

Yo tuve la oportunidad de conocer a uno de los intrépidos testigos de este brutal fenómeno.

 

Fue en el año 2009, mientras me encontraba realizando una estancia de estudios en Lyon, Francia, cuando conocí a una joven de origen serbio, proveniente de la ciudad de Prokulpje, cerca de la frontera con Kosovo. Había sido parte de los miles de serbios que emigraron por el temor a que la guerra y la crisis económica que habían azotado la región a lo largo de la última década del siglo pasado.

 

Llegó a Francia en compañía de su familia en 1998, gracias a la intervención de un tío paterno que trabajaba, desde hacía ya siete años, en la industria química, así como por la amnistía que François Mitterrand, entonces presidente francés, concedió al gobierno de Milosevic.

 

De profundo y melancólico mirar, de voz grave y sonrisa tímida, y, sobre todo, de una gran fortaleza y calidad humana, esta joven mujer es un ejemplo de que las fronteras son un ejercicio absurdo y despiadado que evidencia el fracaso social.

 

Desde 2006 su estancia en Francia se había tornado inestable, pues las relaciones internacionales de su país pasaban por un momento de suma tensión, aunado al inconveniente administrativo que generaba que, en menos de 10 años, Serbia pasó de formar parte de una gran nación, para convertirse en un pequeño Estado independiente al disolverse su unión con Montenegro. Se sentía encerrada en un país que la quería lejos.

 

Trabajaba en una maquiladora para auxiliar en los gastos domésticos y no asistía a la escuela, a causa de su situación migratoria, pues al haber cumplido los 18 años de edad fue despojada de su derecho a la educación.

 

Sentía una urgencia por ser repatriada, me comentaba, pues en Francia nunca se había sentido aceptada, su misma nacionalidad era un estigma permanente con el que tenía que cargar y que le impediría en un futuro tener las mismas oportunidades de desarrollo que un ciudadano francés.

 

A pesar de que en casa sus padres nunca dejaron de hablar serbio, ni dejaron de recordar con solemnidad la derrota de Polje4, o de escuchar a Lola Novakovic5, su país se le presentaba como un híbrido irreconocible. En sus propias  palabras: “no sé dónde terminan mis recuerdos y comienzan las atrocidades de los monstruos serbios de la televisión y los periódicos”.

 

La primera vez que tuvimos una cita formal, tomamos un café y dialogamos alrededor de cuatro horas. Le propuse posar para mí, a lo que accedió gustosa.

 

Improvisé en mi habitación un estudio fotográfico lo mejor que pude. Intentó rápidamente peinar con sus dedos su cabello y se limpió el rostro con una servilleta. Realicé diez tomas, de las cuales fue difícil elegir una para llevar a cabo el dibujo que tenía en mente. Mi intención no era la de crear un ícono, ni emitir juicio alguno, sino sencillamente crear una imagen que transmitiese la intensidad y fragilidad de su carácter, de su historia. Un retrato podía resumir mejor que cualquier otra alegoría lo que yo quería expresar de ella (fig. 1).

 

“No me hagas ver fea”, replicó al finalizar la sesión. Nos despedimos e intercambiamos correos electrónicos, prometiendo estar en contacto. Yo regresé a México dos meses después. Ella, según lo último que supe, está a punto de regresar a Serbia.

 

Su nombre tal vez no sea tan importante. A fin de cuentas los indocumentados, los ilegales, los clandestinos, los sans-papier, vagan como fantasmas, casi siempre imperceptibles. Deben convertirse en un gran número de cadáveres acumulados en un mismo lugar para que se pueda dar fe de ellos, tal y como sucedió en las fosas de San Fernando, Tamaulipas, en 2010. O ser fotografiados sin ropa y puestos en un catálogo, como satirizaba Tanja Ostojic en su acción. O, en el mejor de los casos, esperar a que algún extraño se dé el tiempo para responder a un zdravo6 y ser capaz de descubrir una hermosura inefable e inmensa, que sólo pueda traducirse a través de una obra de arte.

1 http://www.van.at/see/tanja/
2 Político serbio (Pozarevac, 1941-La Haya, 2006). Presidente de Serbia desde 1989
hasta 1997 y presidente de Yugoslavia desde 1997 hasta su disolución en 2000. Fue
juzgado por el Tribunal Internacional por crímenes de lesa humanidad durante las
disputas armadas en los Balcanes.
3 http://www.scca.org.mk/capital/projects/tanja/
4 Polje es una ciudad ubicada al occidente de la capital kosovar, Pristina, donde se perdió, en junio de
1389, una batalla definitiva contra el ejército turco, lo que significó el colapso del Estado medieval serbio.
Motivo por el cual los serbios consideran dicha ciudad su “Jerusalén”, símbolo de su identidad y resistencia,
además sería factor determinante en impedir la independencia de Kosovo. Ver: Clara Rodriguez Pico (2000,
junio). “Una visión del conflicto en Kosovo”. Territorios, de la Universidad de los Andes, 4, 17-37.
5 Famosa cantante serbia (Belgrado, 1935).

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