El Deber y el Ser de los Medios de Comunicación

05/01/2013

Edmund Burke, defensor del constitucionalismo, la división de poderes y la libertad de prensa, fue el primero en referirse a la prensa, en el siglo XVIII, como el cuarto poder, confiriéndole tanta o más importancia que a la Cámara de los Comunes y un espíritu de lucha por las libertades, en contra de las “viejas ideas conservadoras” (Mercado, s. f.). 

 

El pensador irlandés fue atinado en su afirmación, pues actualmente el sistema mediático se ha posicionado no sólo como un actor más del espacio público, sino como el definidor, en muchas ocasiones, de la agenda pública; el facilitador por excelencia de los espacios públicos e, incluso, el creador del discurso y la opinión pública. De tal forma, partiendo del papel que Burke le confería a los medios como un contrapeso a los tres poderes constitucionales y el rol central que han adquirido en los últimos tiempos, cabe preguntarse si el sistema mediático debería ser el principal vigilante del sistema político.

De acuerdo con Carreño Carlón (2008), los medios de comunicación, idealmente, deberían hacer que la esfera pública sea un espacio más plural, permitiendo la expresión de grupos, organizaciones e individuos. Asimismo, deberían propugnarse como defensores de la verdad, de las libertades, la democracia y el interés público. Con tales cometidos, deberían erigirse como el principal contrapeso y vigilante del sistema político; sin embargo, más allá de constituirse como el cuarto poder, a la altura de los otros tres de las constituciones modernas (Carreño Carlón, 2008), los medios se han convertido en un poder salvaje, al margen de la ley y con la capacidad de establecer una relación mediocrática con la política (Trejo Delarbre, 2004). Por lo tanto, para que el sistema mediático cumpla su función de vigilante efectivo, también debe ser vigilado: regulado por el Estado, observado y criticado por la ciudadanía y autorregulado a través de la ética profesional.

En un primer momento, trataré las funciones que idealmente se le confieren al sistema de medios de comunicación (limitado aquí a la televisión, la radio y los medios impresos) como contrapeso del sistema político: el deber. Posteriormente, mencionaré algunas de las situaciones que alejan a los medios actuales del ideal, en particular, la mediocracia y los poderes salvajes: el ser. Finalmente, concluyo con los contrapesos que considero se deben imponer al propio sistema mediático y los retos que éstos enfrentan.

Los medios de comunicación son considerados por McQuail (en Carreño Carlón, 2008) como expresiones e instituciones clave en la esfera pública, es decir, en el espacio donde se debaten los asuntos públicos y donde se forma la opinión pública (Habermas en Carreño Carlón, 2008), pues son foros para la expresión de diversos actores y son, también, formadores de discursos. En un inicio, fueron la voz de las primeras asociaciones políticas y sus debates (Carreño Carlón, 2008), ahora son piezas cardinales en la definición de la agenda pública.

Trejo Delarbre (2004) reconoce su función democrática al servir como intermediarios entre actores de la vida pública, permitiendo la comunicación entre ellos, y entre los políticos y la sociedad, y como foros abiertos para que cualquier interesado se pueda expresar. El autor incluso afirma que, cuando actúan con libertad, prudencia y orientados por valores e intereses distintos a los mercantiles, los medios tienen la capacidad de hacer explícitas las acciones y omisiones del poder político, contribuyen al fortalecimiento de la cultura ciudadana y brindan respaldo a la instrucción e información de los individuos.

La concepción liberal clásica de las relaciones entre la sociedad y el gobierno en una democracia atribuye la función de vigilancia social (perros guardianes) a los medios de comunicación, partiendo de tres supuestos: son autónomos de todo poder, actúan de acuerdo con el interés público y poseen la capacidad de someter a grupos dominantes en beneficio público (Carreño Carlón, 2008). Sin embargo, se vuelven “perros falderos” al quedar supeditados a los poderes políticos o cuando son parte de grandes grupos dominantes e instrumentos de intereses particulares.

El clientelismo, definido por Carreño Carlón (2008), “es un sistema de control social sustentado en la asignación de recursos significativos a individuos y grupos sociales a cambio de lealtades, en un marco que incluye diversas formas de dominación, subordinación y colusión”. En la relación entre el sistema mediático y el político, el clientelismo se vuelve peligroso pues son los medios, a través de sus funciones selectivas, de contextualización y de jerarquización, quienes construyen los discursos de la realidad (Carreño Carlón, 2008) e intercambian estos discursos por favores políticos y económicos.

El mismo autor mencionado en el párrafo anterior reconoce dos requisitos necesarios para una esfera pública fuerte: la libertad de expresión y el derecho de acceso a los medios de comunicación. Sin embargo, ambos elementos se han visto secuestrados por el sistema mediático que administra la libertad, sin normas ni contrapesos sociales o legales, y que limita el acceso equitativo a los actores que no pueden aportar recursos que les permitan coludirse con los medios, situación que redunda en un empobrecimiento de la pluralidad (Carreño Carlón, 2008).

El empoderamiento de los medios de comunicación ha transformado el balance entre el sistema político y el mediático en una mediocracia, definida por Trejo Delarbre (2004) como una preponderancia de los medios que privilegia los intereses corporativos, mercantiles y políticos de las grandes compañías de comunicación, y que crea una relación simbiótica entre los medios y las élites políticas. Además, por la ausencia de marcos institucionales y de contrapesos eficaces, el llamado cuarto poder es un poder salvaje, sin controles ni límites que sean capaces de demarcarlo y del que surgen abusos en contra de los derechos de los ciudadanos (Trejo Delarbre, 2004).

El clientelismo que convierte a los medios en “perros falderos” de intereses particulares y no en guardianes del interés público, el incremento en su capacidad de establecer reglas propias y someter a la política, y la ausencia de controles normativos que regulen su desempeño son algunos de los factores que alejan al sistema mediático de fungir como el contrapeso ideal del sistema político. Por lo tanto, es necesario que exista: a) un marco regulatorio que limite su acción, sin restringir las libertades de expresión e información; b) mayor participación de la sociedad civil en la observación y crítica del actuar de los medios, dejando de lado el papel de espectador pasivo y, c) un sistema de autorregulación: la ética.

Carreño Carlón (2008) sugiere que es necesario construir una nueva regulación para modular el sistema mediático y diseñar fórmulas normativas que aseguren la compatibilidad de la libertad de los medios y de la responsabilidad y la rendición de cuentas. Además, es preciso que los medios modulen su relación con la sociedad, de forma tal que se procure el derecho a la información pública, al acceso a los medios y al acceso a la información objetiva y oportuna. Igualmente, Trejo Delarbre (2004) afirma que se requieren leyes que definan y acoten su ejercicio de poder. Además, de acuerdo con este último autor, los medios no sustituyen a las instituciones y leyes en su función de vigilantes del gobierno y funcionarios públicos: “al decir que son el contrapeso del poder se arrojan una representación social que no tienen” (Trejo Delarbre, 2004).

Carreño Carlón (2008) afirma que, para poder responder a las expectativas, en México el debate debería contar con un “cuerpo normativo moderno y democrático” que pueda garantizar las libertades, derechos y obligaciones del sistema mediático. Sin embargo, duda de la existencia de la calidad informativa que nos permita entender y llevar a cabo los cambios en el sistema. Además, avanzar hacia un marco regulatorio se hace más complicado en un escenario de un sistema político fragmentado, frente a uno mediático consolidado.

Para “vigilar a los vigilantes de los poderes”, Carreño Carlón (2008) afirma que se requiere una ciudadanía de mayor intensidad y menciona dos opciones para ejercerla: por un lado, los observatorios de las organizaciones civiles y universidades (propuesta también hecha por Trejo Delarbre, 2004), con el fin de monitorear a los medios y cotejar la información con fuentes directas; y, por otro lado, “la blogósfera” como respuesta innovadora desde la sociedad ante la resistencia de los medios a la regulación formal. En este mismo sentido, Lozano (2010) le confiere a las redes sociales el papel de instrumento de protesta, recurso de movilización política e instrumento de creación de capital social, asimismo, menciona que abren los espacios del debate y la difusión de ideas y fomentan la rendición de cuentas al permitir la interacción directa entre políticos y ciudadanos.

Aunque las reformas legales y la cultura cívica sean instrumentos importantes para quitarle el carácter salvaje a los poderes fácticos, también será necesario que se establezcan parámetros éticos para orientar su contenido y actuación. Trejo Delarbre (2004) reconoce 10 motivos para el fomento de la ética en los medios: por equidad con la sociedad y con el resto de los actores públicos, para que no sean sólo obstáculos de la democracia sino sus promotores, para no infringir la ley, para competir entre sí, para que no nos den gato por liebre, para reconocer al público como interlocutor, para que los periodistas sean periodistas, para poner en su lugar a los medios, para dormir tranquilos y para que discutamos las cosas. Y ese mismo autor menciona otros tantos deseos para la renovación mediática: los medios deben ser abiertos a todas las versiones, a todos los actores, a todas las ideas; deben ser claros; deben ser inquisitivos; deben ser serenos; deben ser transparentes acerca de sus propios intereses; deben ser perceptivos a las circunstancias y exigencias de la sociedad; deben ser autocríticos; deben ser profesionales; deben ser modestos; deben ser medios.

Así, es trabajo tanto de los actores públicos y el Estado como de la ciudadanía vigilar al sistema mediático en su papel de vigilante del sistema político, pero esta misma tarea debe ser autoimpuesta por los medios de comunicación mediante una ética profesional y una actuación que anteponga al interés público sobre el privado.

Fuentes consultadas

Carreño Carlón, J. (2008). Para entender los medios de comunicación. México: Nostra Ediciones.
Lozano, G. (2010, 6 de junio). “Orgullo y prejuicio de las redes sociales”. Nexos. Recuperado el 28 de noviembre de 2012, de http://www.nexos. com.mx/?P=leerarticulo&Article=73217
Mercado, A. F. (s. f.). “A través del espejo. El cuarto poder”. Revista Latinoamericana de Desarrollo Económico. Recuperado el 14 de noviembre de 2011, de http://www.iisec.ucb.edu.bo/amercado/articulos_recientes/El_cuarto_ poder.pdf
Trejo Delarbre, R. (2004). Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos. México: Cal y Arena.

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