Euzkadi Paga el Precio de la Palabra Armada

03/01/2013

Podría afirmarse que no hay labor más noble que la de luchar por una causa justa, sin embargo, la realidad es máscompleja. Por un lado, existe siempre desacuerdo en cuanto al término justicia. La tradición histórica, la cultura, la ideología política, la religión, la moral, la posesión de poder, todo ello delinea los patrones subjetivos de lo que es justo y lo que no. Por otro lado, de estas divergencias nace la propia injusticia, la tiranía y las bases del absolutismo. Históricamente no siempre ha bastado la palabra para ser escuchado, ya que, ante el despotismo, el diálogo deja de ser un instrumento de comunicación eficaz.

 

 

 

De la opresión y la palabra desatendida nacen la violencia, la intimidación y los objetivos político-militares. Según el prisma con el que se mire aparecen héroes o villanos, libertarios o criminales y, sobre todo, las víctimas. Es entonces cuando la legitimidad de la causa justa comienza a descomponerse, pues el valor de la vida no debe subordinarse a ningún ideal.

Euskadi Ta Askatasuna (ETA, que significa País Vasco y Libertad) nace a finales de los años 50, en plena dictadura franquista. En España se reprimía toda actividad política y sindical. Además de perseguirse la expresión crítica de ideas, el Estado centralista castigaba cualquier manifestación identitaria de las regiones periféricas llamadas históricas (fundamentalmente Cataluña y País Vasco). El uso del euskera, única lengua prerromana superviviente en la Europa occidental, se prohibió durante 36 años. Cualquier expresión de identidad nacionalista vasca podía ser motivo de encarcelamiento o exilio. A menudo, los detenidos eran juzgados por tribunales especiales ad hoc,llamados Tribunales de Orden Público, de dudosas garantías jurídicas y nula imparcialidad. En el peor de los casos se les instruía un consejo de guerra por traición a la patria.

ETA comienza como un grupo de estudiantes vascos organizados contra la represión llamado Ekin (acometer), cuya actividad era clandestina, pero esencialmente cultural. Organizaban cursos sobre euskera y charlas sobre historia e identidad vasca. Ante la agravación de las medidas opresoras, la actividad intelectual dio paso a una estrategia de “acción directa”. Ekin cambió de nombre y se convirtió en un grupo de resistencia vasco. ETA se proclamó entonces como un movimiento de liberación, emulando a los modelos surgidos en Vietnam del Norte, Argelia o Cuba. Comienzan algunos actos de sabotaje y esto determina una respuesta aún más violenta por parte del régimen. El grupo mantuvo un carácter primordialmente político, hasta que en 1962 ETA se consolida autodefiniéndose como una organización clandestina revolucionaria. Defienden la lucha armada como el medio de conseguir la independencia del territorio donde se manifiesta la cultura vasca: EuskalHerria.

Diez años después de su creación, ETA abatió a tiros a un guardia civil. Con una víctima a sus espaldas, la organización inicia un camino sin retorno. En menos de un mes es asesinado en la puerta de su casa un comisario vinculado al aparato represor. La organización armada justifica el asesinato afirmando que ha ejecutado una “sentencia del pueblo”. A medida que comenzaron a levantar interés entre los grupos más castigados por el franquismo, son fuertemente perseguidos por sus actos.

En 1970, entre manifestaciones de solidaridad a favor de los acusados, se celebró el Juicio de Burgos contra 16 miembros de la organización. Los procesados expusieron sus ideales marxistas-obreristas y culminaron sus intervenciones entonando el «EuskoGudariak», himno del soldado vasco. ETA supo aprovechar políticamente el escaparate internacional que suponía el juicio y llevó a cabo el secuestro del cónsul honorario de la Alemania Federal. Los secuestradores, intentando negociar la liberación de sus compañeros bajo amenaza de pena capital, consiguen atraer la atención internacional. El hecho de que la mayoría de la prensa extranjera desaprobara la dictadura motivó la falta de rechazo al chantaje. Seis de los procesados fueron condenados a muerte. Franco, ante la presión internacional, conmutó las penas por reclusión mayor.

La organización salió reforzada de este episodio como referente revolucionario y símbolo de la oposición. En 1973 logró su mayor golpe de efecto asesinando al presidente del gobierno, Carrero Blanco, garantía de continuidad del régimen. En gran medida, la admiración que levantaron como justicieros estuvo condicionada por el duro contexto dictatorial, pues el principal fin de ETA no era alcanzar una España democrática, sino la independencia. Al año siguiente, un atentado indiscriminado donde murieron 12 civiles demostró que su lucha no estaba junto a la oposición democrática, ya que su causa comenzó a justificar la muerte del propio pueblo. Tras este brutal acontecimiento, el grupo se divide entre los “milis” de ETA militar, partidarios de la prioridad absoluta de la actividad terrorista y ETA político-militar, quienes desean su supeditación a la lucha política. Estos últimos desaparecen tiempo después, persistiendo hasta hoy la rama más violenta.

Tras la muerte del dictador, ETA no reconoce la transición democrática del país y recrudece su ofensiva para forzar negociaciones con los sucesivos gobiernos. Sangrientos atentados azotaron duramente a la sociedad española. Se convierten así en enemigos de la democracia, como lo habían sido del franquismo. Su historia es la de la pérdida progresiva de legitimidad en manos de la cobardía criminal. La estructura de la banda se asemejaba cada vez más a la mafia, asesinando a sus miembros disidentes. Todo ello acompañado del silencio y el miedo de una sociedad emprendedora y pujante, como siempre fue la vasca. Sus actos reivindicativos se basaron en asesinatos a sangre fría, secuestros, impuestos revolucionarios, extorsión, chantaje, delincuencia juvenil organizada (kalleboroka) y engañosas treguas. En más de medio siglo de historia, ETA lleva a sus espaldas cerca de 900 víctimas mortales: policías, guardias civiles, militares, jueces, fiscales y concejales, pero también figuras no gubernamentales como empresarios, profesores de universidad, incontables ciudadanos y decenas de niños. A finales de 2011, anunció el cese definitivo de su actividad armada, pidiendo al gobierno diálogo directo para llegar a una solución de “las consecuencias del conflicto”. No obstante, aún se teme que se trate de un cese condicionado al cumplimiento de sus exigencias.

Frente a las expectativas políticas que se abrían con la democracia, ETA decidió seguir matando. Pasaron así de revolucionarios a criminales. Los intentos de dirigir la vida política vasca y española desde el fundamento de la violencia no han acercado a Euskadi a la independencia. El terrorismo ha sido un lastre para el País Vasco, donde existe un arraigo legítimo de identidad propia. Debido a su reciente y violenta historia, no es fácil encontrar figuras con un perfil moderado, pues la población se fue polarizando en torno a extremos ideológicos. En un país democrático debe tener cabida cualquier tipo de aspiración, hasta las más controvertidas como el independentismo o secesionismo. Pero sólo el diálogo, y no el miedo, debe determinar la respuesta de ciudadanos y gobernantes. Cada muerte ha marcado muchas vidas, ahora rotas. Cada muerte tiene un nombre y una historia. Cada muerte en nombre de la independencia vasca destruye su legitimidad.

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