El Mundo sin el Sentido del Quizás: Guantánamo

03/01/2013

 

Pero allí no había democracia.

Esta frase podría trasladarse a tantos contextos que definirla en pocas líneas no es posible. Como española que soy, podría verla estampada con fuerza en un cartel de cualquier manifestación que se está llevando a cabo en mi país.

 

Quizás sin más, podría ser una cita prerrogativa del dictado docente en una escuela para explicar la ausencia del poder del pueblo cuando se instala una dictadura o algún régimen represivo.

Quizás sea mi abuela explicándome que hace 80 años en mi país no había democracia. O cualquiera que haya cuchicheado a escondidas con los oídos bien afinados y las miradas de reojo por miedo al vecino denunciante.

Sea lo que sea, lo diga quien lo diga, denota ausencia. Todas las afirmaciones que contienen una negación tan rotunda hacen pensar que no hay vuelta atrás, nada que resolver.

Qué piensan nuestros gobernantes. Me lo pregunto constantemente. No como algo casual, sino con esa constancia con la que un niño se pregunta por qué llueve. Y tomando en cuenta que creo que sin más no piensan en nada en concreto, me cuestiono por qué entonces cambian a su antojo el significado de los conceptos. La transgresión del respeto es tan profunda que algo tan primario como la lógica del sí y el no queda relegado a un sinfín de interpretaciones que necesitan un espectro más amplio que el quizás en donde moverse.

El niño que pregunta por la lluvia no entenderá, cuando crezca, por qué cuando alguien afirma que allí no hay democracia la violación de sus derechos ocurría en un país con una de las democracias, de manual de libro, más antiguas. Quizás, entendido como ese limbo semántico, cuando el niño crezca todo se haya ordenado. Quizás un día, no muy lejano, comprendamos la empatía. Y nos encontremos ahí, sentados en el suelo, torturados, pasando noches en vela, sin acusación ni proceso judicial que avale nuestro destino durante años viviendo en escasos cuatro metros. Allí donde no había democracia se llama Guantánamo. Y el país demócrata, Estados Unidos. El 11 de enero de 2012 se cumplieron 10 años del traslado de los primeros detenidos a Guantánamo como prisioneros de esta “guerra contra el terror” iniciada por George Bush, tras los hechos del 11 de septiembre de 2001. Desde entonces, según Amnistía Internacional y de acuerdo con la información de las autoridades estadounidenses, 779 personas han sido detenidas y retenidas en Guantánamo y la mayor parte no han sido encausadas ni han gozado de un juicio. Por lo tanto, han sido retenidas bajo nuevas leyes americanas, dictadas de manera unilateral en lo que en su momento comprendieron que era hacer uso de su legitimidad como Estado, en tanto que debían atender a la realidad con una normativa internacional que consideraron demasiado punitiva.

Quizás, el que se sigue moviendo en el limbo, no se pararon a pensar que los derechos humanos, como normas de ius cogens, son preceptos con carácter imperativo, que no admiten exclusión ni modificación, por lo que cualquier acto que se perpetre en detrimento de los mismos será considerado nulo y denunciable. Hablamos de derechos imperativos versus normas convencionales. Hablamos de derechos imperativos y de obligaciones internacionales.

La prohibición a la tortura es un derecho humano de ius cogens. En este sentido, su aplicación se extiende sin discusión dentro del derecho nacional. Al igual que en el caso de la ex-Yugoslavia, se estima responsabilidad internacional al Estado pertinente siempre y cuando éste adopte medidas que favorezcan espacios de tortura. Asimismo, el Comité contra la Tortura de las Naciones Unidas recuerda que, con base en lo estipulado en la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, “en ningún caso podrán invocarse circunstancias excepcionales
tales como estados de guerra, inestabilidad política interna o cualquier emergencia pública como justificación de la tortura”.

Pero aún así y a pesar de todos los preceptos legales, en Guantánamo se tortura, y no sólo eso, sino que se usa como una especie de arma política con bases fuertemente fundamentadas en el clásico terrorismo de Estado, con el fin de aterrorizar a las masas, aunque sean de cualquier otra parte del mundo.

La tortura como estrategia política es la única cara de una moneda que debería tener un resultado de inicio: la vergüenza. La vergüenza y después la denuncia; y después la acción civil. Torturar a gente cualquiera para acobardar a posibles enemigos con el fin último de proteger a la población sólo demuestra las carencias de Estados que no pueden cumplir con la responsabilidad primaria de generar sociedades que no apliquen leyes primitivas de “ojo por ojo, diente por diente”. ¿Si tú como Estado mantienes Guantánamo, por qué yo como ciudadano no puedo tener mi propio campo de sometimiento en mi casa? Inexplicable.

Aislamiento, waterboarding, agotamiento físico, humillación sexual, lap dance o posiciones de estrés, fueron algunos de los mecanismos de tortura que se aplicaron a los presos de Guantánamo para forzar sus declaraciones en pro de la culpabilidad. Culpabilidad que no culpa; forzada, que no inocente.

Guantánamo sigue en pie a pesar de las promesas electorales que Obama, premio nobel de la paz, estimó durante su primera campaña. Sigue en pie y huele mal saber que sigue siendo un arma electoral sobre la que sustentarse cuando las
elecciones se acercan; al estilo de ETA en España o las FARC en Colombia. Y sigue en pie en virtud a la interpretación unilateral de las leyes de guerra hecha por Estados Unidos. Como se describía en un artículo de El País, es una infamia consentida. O más bien, una Infamia sin-sentido; es un hecho sabido que se han propiciado abusos y violaciones de derechos con total impunidad, sustentados bajo un sistema de conjeturas propio de los regímenes totalitarios.

Como ellos dictaron, los que gobiernan, Guantánamo es el mejor ejemplo del mundo quizás, de esta situación de limbo en la que nos instalan, de esta falta de justicia que no dictamina. Menos mal que no nos falta la voz.

“Tenía una buena imagen de EE. UU., pero allí no había democracia”, Abu Bakker Qassim pasó cuatro años en la prisión de Guantánamo. ¿Quéle explicará a sus hijos sobre la justicia? ¿Qué le explicaré yo sobre la democracia al niño que hoy me pregunta por qué llueve?

Vergüenza. Quizás si todos sentimos vergüenza nos ahorraremos las preguntas.

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