Camino a África, Historia de un Expatriado

01/11/2012

Hace algunos años decidí dejar mi país y embarcarme en una aventura estudiantil en Europa. Durante dos años no vi a mi familia ni a muchos de mis amigos. Fue un tiempo de rencuentro conmigo misma y de búsqueda de un nuevo yo. El yo humanitario, genuino, libre de prejuicios, pero con una historia y una cultura que nunca dejarán de ser parte de mí.

 

 

 

Después de esos años regresé a México en espera de partir hacia el mundo una vez más. Unos meses más tarde, el primer viaje de mi nueva profesión se hizo posible. África sería el continente que albergaría mis primeros pasos por el camino de la acción humanitaria.

Se dicen muchas cosas de África, se habla del hambre, la pobreza, la desnutrición. Se habla de los inmensos campos de refugiados, los diamantes, los safaris y las innumerables enfermedades. Pero casi no se habla de los misterios y la magia que el continente esconde.

En enero de 2012 llegué a la República Centroafricana (RCA) sin muchas expectativas. Si bien se habla de África como el continente olvidado, en su interior existen países aún más olvidados que otros. La RCA es un país que ni siquiera los mismos africanos conocen. Es un país borrado de la memoria humana, con una crisis recurrente e indicadores de desarrollo realmente alarmantes. De acuerdo con Naciones Unidas, es el segundo país con la peor crisis en el mundo después de Somalia, no obstante, los ojos de la comunidad internacional no se dignan a voltear hacia este lado.

Con poco más de 6 millones de habitantes, donde más de 90% de la población vive en extrema pobreza, la República Centroafricana es uno de los países más fascinantes que he tenido la oportunidad de visitar. Bangui es una ciudad que parece extraída de un libro de ficción. La comunidad de expatriados, la comunidad local, las instituciones y aquéllos que visitan de vez en cuando, hacen de este lugar algo surreal. Las historias de cada una de las regiones, personas, ideas, el colonialismo francés; un país que, aunque es independiente desde hace poco más de 50 años, no ha prosperado; un país sumido en la corrupción y en los colores y retratos fascinantes de su gente, sus paisajes, los diamantes, los animales, frutos exóticos y el sueño de una modernidad que probablemente nunca llegará.

Las primeras semanas en Bangui fueron aterradoras. Historias de malaria, de muerte, de militares parando coches de expatriados. “Dos doctores de Médicos sin Fronteras (MSF) estuvieron secuestrados un par de semanas”, decían, “ayer vi una serpiente gigante pasando por la piscina que se escapó al río cuando los guardias la perseguían”, “ten mucho cuidado al caminar sola y cuídate de los niños de la calle, porque en un descuido te roban la bolsa y se echan a correr. Después te van a querer vender las cosas otra vez”. Decidí salir a la calle, vencer los miedos y vivir. Conocí un Bangui colorido, con gente increíble, pero con pocas expectativas de nada; gente intentando aprovecharse de los expatriados, exigiendo les proporcionaran los medios para su bienestar. En ese momento cuestioné todo lo que mi profesión suponía ser y volví a evaluar mi papel dentro del juego humanitario.

En Bangui me dediqué al desarrollo de estrategias y herramientas para poder hacer más efectiva la coordinación en el ámbito humanitario. Asimismo, dichas estrategias y herramientas tendrían una repercusión positiva para incrementar los flujos de dinero enviados desde los países del norte. Sin embargo, después de ver la apatía de la gente, me di cuenta de que, en lugar de ayudar trayendo dinero al país, estábamos cooperando a la desidia de los locales, a la corrupción del país y al poco interés de hacer algo por ellos mismos.

Todavía no logro comprender cómo un país en donde todo crece, las frutas caen de los árboles, etcétera, tiene una de las tasas de desnutrición más altas del mundo. La respuesta es un poco extraña, pero me di cuenta de que “si no se mueve no se lo comen”. Entonces, más preguntas sobre cómo poder hacer conciencia en la gente y las intervenciones humanitarias vinieron a mi mente.

Aun así, sé que en países como la República Centroafricana todo lo que la comunidad internacional hace tiene repercusiones, algunas veces positivas. Hay programas que funcionan muy bien, pero que carecen de fondos necesarios porque no existe una emergencia “sexy” dentro del país y porque los donantes se cansan de mandar dinero a una emergencia a la que no se le ve fin.

La República Centroafricana es uno de los países más olvidados en la Tierra y albergó mi primera misión. Los colores de sus atardeceres me atraparon, la frustración de no poder entender muchas cosas despertó mi curiosidad por aprender más de este continente y de su gente. De sus mitos y sus historias que aún no comprendo.

Ahora vivo en Juba, Sudán del Sur y parte del África inglesa. Sin duda, uno de los países más mencionados últimamente por ser el país más nuevo del mundo. Con una intervención humanitaria gigante, territorios en disputa y más historias de horror y satisfacción que ponen tu mente a volar. Uno de los países más caros en los que me ha tocado vivir. Una capital hecha para los expatriados que, en ocasiones, pienso que estamos aquí sólo porque hay trabajo y no porque realmente queramos hacer algo por la gente.

Sin embargo, el África inglesa es un poco más avanzada. Menos pobre, pero con muchos problemas de resentimiento y violencia, derivados de una guerra que terminó hace muy poco. Heridas bañadas en petróleo que no sanan aún; el oro negro que deshace comunidades y separa familias; que crea desplazamiento forzado y muerte. No basta sólo con las enfermedades endémicas de este continente para acabar con la vida de la gente. Los seres humanos contribuyen ampliamente a este exterminio.

Sudán del Sur, tierra en donde se juntan los dos Nilos, donde la tierra es fértil y la gente está orgullosa de su color, pero con muchos conflictos tribales, ideológicos y conflictos simplemente porque sí. Aquí se necesita educar a la gente para que puedan conocer la paz entre ellos. Se necesita más que sólo expatriados para humanizar a la población.

Es fascinante y a la vez triste poder estar en este continente. Me he preguntado varias veces: ¿qué vine a hacer a África? La respuesta todavía no la tengo, pero sé que algún día podré voltear atrás y tener una idea.

Con poco más de 6 millones de habitantes, donde más de 90% de la población vive en extrema pobreza, la República Centroafricana es uno de los países más fascinantes que he tenido la oportunidad de visitar.

Para más información sobre la República Centroafricana y el trabajo humanitario hecho ahí: http://hdptcar. net/
Para información sobre Sudán del Sur: http://reliefweb. int/country/ssd

 

 

 

 

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