El Documental de Creación: La Forma Contemporánea de Representar la Realidad

02/03/2011

“Los realizadores de obras documentales tienen hoy tal vez el papel que tuvieron los grandes escritores naturalistas como Emile Zola en el siglo XIX”

-Thierry Garrel-

Director y productor de documentales de arte.

Nacimiento y marco conceptual

Según cuenta la historia fue un cigarro. Un cigarro el que quemó el primer material fílmico de Robert Flaherty (1884-1951) por aquel entonces un ingeniero de minas estadounidense destinado a explorar la riqueza mineral de la bahía de Hudson en Canadá, y que empezó a filmar las peculiaridades de la vida ártica de una comunidad inuit de la región. Tras tres años investigando y recopilando imágenes en movimiento el accidente le obligó a volver al inicio de las grabaciones, pero retomándolas esta vez con un planteamiento diferente y más ambicioso: buscaba una estructura narrativa propia del cine de ficción y unos personajes  sobre los que pudiera descansar toda la trama del filme, en otras palabras, introdujo una serie de elementos que pueden considerarse como las características fundacionales del género documental contemporáneo o documental de creación.

Según la definición más aceptada, se consideran como tales aquellas obras con un planteamiento y punto de vista singular por parte del autor, que construye de esta forma un relato audiovisual basado en la experiencia de lo real y que le confiere la garantía de género cinematográfico, diferenciándose del reportaje y del documental clásico televisivo por su estética y producción más artística. El resultado fue Nanook el esquimal (1920), filme considerado para muchos la ópera prima de máxima referencia en cuanto a este género y que no estuvo exento de polémica debido al carácter “manipulado” de su producción. En él, Robert Flaherty utilizó primeros planos, contraplanos, panorámicas y todo un abanico de técnicas narrativas y dramáticas prestadas del cine de ficción, con lo que consiguió magistralmente que una historia real y el impacto emocional fueran unidos de la mano.

Auge y expansión: los últimos 20 años

Con la industrialización comercial del cine de ficción y el nacimiento de los noticiarios informativos alrededor de 1910, el tratamiento de la realidad pasó a formar parte del nicho televisivo, lo que confinó al documental cinematográfico de autor prácticamente a la marginación. Por supuesto, el cine documental siempre ha existido, aunque quizás muchos expertos coincidirían que con Bowling for Columbine (Michael Moore, 2002) el género dio un salto comercial sin precedentes, dejando de ser el segundo plato para la industria cinematográfica y televisiva, y consiguió de esta manera una mayor exhibición en las salas comerciales y un público fiel e interesado por este tipo de producciones.

Según Patricio Guzmán, reconocido documentalista chileno, el documental es el género cinematográfico y televisivo que más se ha desarrollado en Europa durante los últimos 10 años. Hasta cierto punto esto también es aplicable a Latinoamérica, pero en menor medida ya que en Europa, (sobre todo en países como Francia, Alemania, Holanda, Bélgica, Suiza, Inglaterra y España en menor proporción) se ha apoyado la creación y la producción del género documental mediante la difusión y la coproducción en importantes canales de televisión como France-3, arte, Canal+, Sat3 y la eminente expansión de los canales temáticos. Esto produjo que se llenara la parrilla televisiva de interminables horas de retransmisión. Sólo en 1992 se estima que hubo una producción estimada de 3 mil documentales en toda Europa.

Tampoco hay que olvidar que, con los avances tecnológicos acontecidos en el sector en el último cuarto de siglo, la producción de documentales se ha democratizado: hoy en día toda la tecnología tiende a lo digital, lo que implica que los procesos de grabación son menos costosos, más espontáneos, donde cualquiera puede tener acceso a un equipo de grabación básico.Digamos que se han derribado las barreras que convertían al género en algo arriesgado y poco práctico debido a que muchas veces el guión, la historia en sí misma, o el plan de rodaje no es tan preciso, ordenado en el tiempo y estudiado como en el cine de ficción.

Tradición en México y situación actual: la nueva escuela

Si analizamos la situación actual del documental en México probablemente se podría resumir el asunto haciendo alusión a la alegoría de la botella medio llena o medio vacía. El panorama cinematográfico ha cambiado mucho y, a través de este último siglo, han existido distintas épocas donde la presencia del documental tanto en las salas como en los festivales nacionales y otros medios de exhibición alternativos (destacable la iniciativa Ambulante por parte de Diego Luna y Gael García Bernal), a pesar de ser escasa, ha ido in crescendo.

Es a partir de 1970, especialmente, cuando se produjeron notables documentos fílmicos, basados sobre todo en la transición y el choque de comunidades tradicionales con la urbanización y los efectos de la modernización del país. La filmografía de Nicolás Echevarría con María Sabina, mujer espíritu (1978) o Judea (1973) como sus obras más notables, o Los que viven donde sopla el viento suave (1973), de Felipe Cazals, fueron la primera piedra seria que se puso para la apuesta de un cine documental patrio de calidad.

En los años y décadas venideras, especialmente en la década de los 90, una gran cantidad de títulos aportaron luz al género, sobre todo con el sobresaliente legado de Juan Carlos Rulfo con el cortometraje El abuelo Cheno y otras historias (1994), el largometraje ganador de cuatro arieles Del olvido al no me acuerdo (2000) o su obra cumbre más reciente En el hoyo (2006), que le valió el premio al mejor documental en el Festival de Cine de Sundance. A partir de aquí han proliferado una gran cantidad de autores con filmes como Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (2008), de Yulene Olaizola; Trazando Aleida (2009), de Christiane Burkhard y Lucía Gajá con Mi vida dentro (2009); Los herederos (2008), de Eugenio Polgovsky; La canción del pulque (2003), de Everardo González; el mismo Diego Luna con su apuesta personal por la historia del famoso boxeador J. C. Chávez (2007) o el joven José Manuel Craviotto con Los últimos héroes de la península (2008). Por supuesto se nos olvidan algunos autores o piezas importantes, pero simplemente se quería reflejar hacia dónde va la tendencia que, sin duda, es hacia una mayor producción, una mayor diversidad de temáticas y a un producto con calidad capaz de competir internacionalmente en los certámenes más prestigiosos del mundo. En este sentido, muchos son los que ven la botella medio llena.

El principal problema, sin embargo, y con ello la visión de que la botella aun está a medio llenar, lo conforma la distribución y la exhibición, eternos dolores de cabeza también para muchas cintas de ficción nacionales. A pesar de que algunos filmes se estrenan comercialmente en las principales salas de cine del país, con algunas excepciones como Fraude: México 2006, de Luis Mandoki (2006), que fue todo un fenómeno político, apenas se mantienen en cartelera unas semanas con lo que no alcanzan los niveles de rentabilidad deseados. Otros directamente no lo consiguen y quedan relegados al circuito festivalero y a las instituciones culturales como la Cineteca Nacional o las muestras en universidades.

Sin duda, se trata de la época dorada del documental de creación mexicano, nunca se habían producido tantas obras cinematográficas y con tanta calidad y criterio. Parece ser que las obras de Juan Rulfo y Nicolás Echevarría han creado una auténtica escuela de jóvenes autores que luchan contra toda marea para contar sus historias, y donde las televisiones, el público y la industria tienen la última palabra y el reto para su supervivencia y expansión. Que no se baje el telón porque la realidad seguirá siempre ahí para ser filmada.

 

 

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