Un Último Consejo

 

“No desees mal a nadie, y nadie te deseará mal.” Eso fue lo último que mi padre me dijo en vida. Él era un hombre humilde pero sabio; nunca fue rico pero luchó porque no nos faltara nada, ayudaba a quien lo necesitara y por todos en el pueblo era querido. Mucho me enseñó, sin embargo, poco le aprendí; el único defecto que le puedo renegar es que se haya muerto muy pronto, pues se fue cuando yo apenas tenía 12 años.

Mientras el camión que me lleva de regreso a mi pueblo avanza por la carretera, comienzo a recordar todo lo que vivimos juntos: cuando me llevaba a caminar por el monte contándome viejas leyendas para que yo me asustara, cuando con mi madre veíamos un bello atardecer iluminar San Miguel, nuestro pequeño pueblo, cuando mis padres eran felices, cuando yo era feliz… A veces pienso que por eso falleció, porque todo era perfecto, tal vez demasiado perfecto para unos simples campesinos.

Al bajar del camión casi todos mis viejos amigos me reconocieron: don Lupe, que todavía atiende su tiendita; don Octavio, que aún presume de sus caballos a quien se le ponga enfrente; doña Lázara, quien continúa preparando sus tortillas hechas a mano. Es como si el tiempo no avanzara; eso es lo que me gusta de San Miguel, puedes irte 10 años, regresar y todo sigue igual.

—¿Con que sigues creyendo que vendrá? —todos dijeron al verme—. Qué bueno que mantengas una esperanza, y más si hace que te acuerdes de tu pueblo y nos visites.

Yo sólo sonrío, y platico con ellos, pero no por mucho tiempo; antes debo ir a preparar todo y ver a mi querida madre, a quien también extraño tanto y que por fortuna aún puedo abrazar.

Desde que me fui a estudiar a la ciudad le prometí que volvería este día, porque desde entonces yo ya estaba seguro de lo que esta noche va a pasar. La bienvenida no pudo ser más feliz, después de todo, hacía tiempo que no nos veíamos y ella quería saber todo lo que me había pasado desde que dejé el pueblo. Nuestra charla fue larga y entretenida, pues a cada noticia que le daba, ella contestaba con asombro “¡Ah, no me digas!” o “¡No lo creo!” y después daba un comentario chusco dependiendo del tema, pues si de algo puede presumir mi madre, es de una gran agilidad mental; de ésa con la que naces y que con el paso de los años va creciendo. A pesar de que me hubiera gustado mucho seguir y seguir platicando, ése no había sido el motivo de mi visita, pues ese día era un 2 de noviembre, y más que un día festivo, ésa era la fecha en la que volvería a ver a mi padre.

Realmente no recuerdo cómo fue, pero desde hace ya varios años yo tenía firmemente la idea de que mi padre vendría a visitarnos un día, de que aparecería de una u otra manera y podríamos hablar con él, lo volveríamos a ver, y por un momento todo sería igual que antes. Yo sabía que llegaría y me miraría fijamente, y luego con una cara de orgullo diría: “Mira nomás qué grande te has puesto, ya casi me alcanzas”, y yo, yo podría contarle todo lo que he hecho, contarle cómo me esforcé por lograr ser un gran hombre como él, de cómo trabajé en todo el pueblo para ayudar a mantener la casa y de todas las horas que pasé frente a los libros estudiando para ser alguien. Sí, realmente por un momento yo volvería a ser niño y todos seríamos la feliz familia que fuimos alguna vez.

Después de saludar a mi mamá me dediqué a tener todo listo para cuando él llegara. Arreglé muy bien su tumba, limpiándola de todas las pequeñas ramas que le habían caído durante los últimos meses, compré las flores que más le gustaban y dejé que madre las escogiera; después, juntos las arreglamos para que la de mi padre fuese la tumba más bonita del pueblo. Una vez que terminamos de arreglar su sepulcro, pasamos al mercadito a comprar arreglos, fruta, más flores e incluso un paquete de cigarros, de ésos que le gustaba fumar por las noches cuando regresaba a casa. Compramos todo lo esencial para ponerle una gran ofrenda para que cuando llegara la viera con orgullo, que la viera como un pequeño pero nunca suficiente monumento al gran padre que fue.

Me ocupé de cada detalle, no sólo dediqué mi tiempo a la ofrenda, también limpié la casa de principio a fin, todo esto para que al llegar encontrara todo en perfectas condiciones, justo como él lo había dejado. Ayudé a mi madre a preparar la comida que más le gustaba a mi padre. Hicimos mole verde pues era su preferido, preparamos caldo de pollo con cilantro y algo de chile, porque si mi papá odiaba algo en la comida, era que careciera de picante. Preparamos una rica agüita de jamaica para que se le bajara la comida y por último le pusimos una taza de exquisito café. Todavía recuerdo cómo se lo saboreaba después de comer y mirándome con ternura decía “De grande entenderás porqué es tan rica una taza de café” y así fue.

Dejamos todo listo para su llegada y aunque mi mamá todavía dudaba que fuese a venir, ella entendía mi esperanza y me apoyaba en todo. Estoy seguro de que ansiaba que yo tuviese razón.

Por la noche yo me encontraba tan cansado por todo lo que hice aquel día, desde viajar hasta el pueblo, saludar a los amigos y arreglar todo, que no podía esperar para descansar un poco y esperar que en la mañana apareciera mi padre. Dediqué unas oraciones a Dios, tomé un vaso de agua, y antes de entrar a la cama cerré la ventana.

Fue una noche apacible hasta donde recuerdo, tuve un solo sueño, uno muy importante. Dormido sentí un viento suave y cálido que me hizo voltear, y al darme la vuelta reconocí una escena de mi niñez: durante una mañana caminaba por el bosque que rodea al pueblo, me dirigí a un lago cercano esperando pescar algún pez, ya que mi madre necesitaba unos para la comida. Sí, si no me equivocaba se trataba de ese día.

—Llevas un rato ahí parado, si no te apuras yo te dejo —dijo una voz suave pero firme detrás de mí, y al voltear, ahí estaba mi padre, tal como lo recuerdo, un hombre alto, de cara noble y mirada amable, con cabellos oscuros y bigote. En ese momento yo no era un adulto, mi padre no había muerto, y no era 2 de noviembre. No, en ese momento todo volvió a ser como antes, en ese momento yo era un niño y nada más—. Bueno, tú ganas, no creo que nos haga mal descansar un rato, pero te recuerdo que para descansar está la muerte —volvió a decir mientras se sentaba en una piedra grande que estaba cerca—.

—¿Por qué hasta la muerte papá?, —pregunté de forma inocente— cuando morimos ya no podemos descansar porque ya no estamos aquí.

Entonces mi padre me miró, me cargó y me dijo: —No pienses en alguien muerto como en alguien que ya no está… simplemente es alguien a quien no ves y no puedes tocar y que, sin embargo, todavía puedes sentir, por ejemplo, tu abuelo hace ya unos años que murió y cuando yo me siento solo cierro los ojos y pongo atención a todo lo que siento en ese momento, y si escucho con suficiente cuidado incluso puedo oírlo hablándome, diciendo que no debo sentirme solo, porque él siempre ha estado conmigo y que, aunque no lo vea, él nunca me ha abandonado —después de eso, sólo recuerdo el tierno abrazo que me dio y cómo la calidez de los rayos de sol me sumergieron en el más tranquilo sueño que recuerde—.

Al despertar ya era de mañana y antes de darme cuenta ya me encontraba corriendo hacia la ofrenda, esperando ver a mi padre ahí, sentado disfrutando de su comida, fumando un cigarro o bebiendo la taza de café, esperaba encontrarlo y volver a ver a ese padre que perdí hace mucho, ver a ese amigo que se fue. Pero al llegar todo estaba igual que anoche, los platillos en el mismo lugar, el café intacto, los cigarros sin encender, y la silla… vacía. “No vino”. Fue todo lo que pude decir, fue todo lo que pensé mientras caminaba de regreso a mi cuarto, fue todo, así de simple, no vino y eso fue todo. Al entrar en mi cuarto, sin darme cuenta, me dirigí a la ventana a ver el sol entrar por ella, mire a través de lo que supuestamente sería el vidrio y una sonrisa apareció súbitamente en mi rostro, la sonrisa de un sueño hecho realidad, pues el viento acarició mi cara justo como anoche. “Gracias papá, gracias por venir”. Fueron las palabras que salieron de mi boca mientras cerré la ventana.

 

 

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