Valérie Mréjen: El Video como Reflexión y Disyuntiva

 

Las videograbaciones de Valérie Mréjen son una aguda crítica de cómo el hombre adquiere una postura autómata y conformista dentro de la sociedad consumista globalizada, donde deambula como las bolas en una mesa de billar, impulsadas por una fuerza incompresible y fantasmal que lo trasciende y lo homogeneiza en una realidad acartonada.

Esta artista parisina, nacida en 1969, ha experimentado con diferentes medios expresivos que sobrepasan las artes visuales, tales como el cuento y la novela. Su preocupación por el lenguaje se hace evidente al circunscribir la mayor parte de sus temáticas a las relaciones humanas. Sin embargo, también se interesa por la interacción que sucede de manera banal y mezquina, una interacción a la que han orillado tecnologías recientes como la telefonía celular y el Internet, que han fracturado las relaciones humanas a tal grado que la presencia física deja de ser indispensable, pues cuando la comunicación es un producto de consumo masivo se vuelve obsoleta, deja de ser una necesidad y pasa a ser vanidad.

Es en esta escenografía de lo cotidiano como un espacio intransitable y fragmentado, en ondas electromagnéticas y códigos binarios, donde precisamente nace lo absurdo en las historias de Mréjen, su obra nos recuerda a Beckett1: personajes condenados a una soledad indeseable que se reinventan entre sí para después aniquilarse brutalmente, que se aferran a su propia angustia como el último vestigio de su fe.

Chamonix (2002) es un video de apenas 14 minutos en el que los personajes, dispuestos frente a la cámara, cuentan algún recuerdo. El valor de este trabajo radica en que la artista incorpora dentro de sus protagonistas a actores profesionales y gente común, sin un guión previamente realizado, por lo que mucho de lo que escuchamos de viva voz de los personajes dibujados por la pantalla lumínica es improvisación, misma en la que la artista busca hacer de la vivencia una ficción, mezclando memorias personales con los recuerdos de los actores, la inexperiencia de los aficionados y meros inventos.

Los personajes poseen un aire taciturno, pareciera que se disuelven en cada palabra que les brota de los labios. Su diálogo es un eco que merodea sin dirección. Son clichés, resultado de su inmersión dentro del aparato neoliberal que rige en gran parte de la economía del planeta y que dicta la axiología moral que debe seguirse. Los sujetos, en el trabajo de esta artista, son resonancias de lo impuesto por los mencionados emporios capitalistas, despropiándolos de una identidad, haciendo de su intimidad una apariencia colectiva.

En su obra Capri (2008), Valérie Mréjen hace del cliché una metodología. Dentro del video de seis minutos de duración, dos actores en escena encarnan a una pareja en conflicto, discutiendo entre otras cosas de los celos, la infidelidad y la codependencia. Los protagonistas son un híbrido de varios estereotipos difundidos por las comedias románticas del cine hollywoodense. Se llaman de diferentes nombres, se gritan para inmediatamente después pedirse perdón o jurarse amor eterno. Al final se despiden con el corazón roto y de modo dramático al más puro estilo de Casablanca2 o de Titanic.

La videografía de Valérie Mréjen bien podría ejemplificar lo que algún día dijo el también videoartista estadounidense Bill Viola: “el arte debe ser un componente de la realidad o no es sincero”. Para la artista francesa, el arte es una posibilidad de formularle preguntas a un espectador ávido de respuestas, a su vez, le permiten concentrarse en lo más importante, experimentar su existencia sin que ésta le deje una sensación de insatisfacción y melancolía constantes, tal y como se dilucida en el estéril espacio del frenético capitalismo. Pues como Beckett también lo hacía evidente en su teatro, la existencia de los hombres se vuelve absurda y doliente mientras la esperanza en un futuro indivisible siga robando el oxígeno del presente.

 

 

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