Cómo la Ciudad puede salvar los Bosques

 

República Dominicana, Puerto Rico, Costa Rica, Chile y China, entre muchos países más –y desde luego los desarrollados–, han visto sus bosques recuperarse y multiplicarse, mientras sus economías e ingreso per cápita han crecido con rapidez en las últimas décadas. Han atestiguado cómo el desarrollo económico no es causa de conflicto con los ecosistemas naturales, sino todo lo contrario.

 

La historia en cada uno tiene rasgos prominentes y comunes. La migración rural-urbana ha logrado reducir en términos absolutos la población rural y la pobreza, y ha liberado tierras para su recuperación y restauración (recordemos que la deforestación tuvo –tiene– como motores primordiales en los países en vías de desarrollo, a la agricultura de subsistencia y a la ganadería extensiva de baja productividad). La transición hacia la recuperación forestal en estos países ha ocurrido a la par del crecimiento del turismo o de la industria y de la globalización, que ha hecho innecesarias las actividades agrícolas tradicionales asociadas con la destrucción de los ecosistemas. Su agricultura se ha modernizado en tierras fértiles y a gran escala de acuerdo con ventajas competitivas, aunque en países como Brasil e Indonesia, la soya y la palma de aceite han creado presiones adicionales de deforestación, aunque éstas también parecen relajarse en los últimos tiempos. Igualmente, es notable que en casi todos los casos se han creado nuevas y extensas áreas naturales protegidas.

 

El balance neto de la globalización y la urbanización en naciones como las señaladas ha significado una tendencia a la recuperación ecológica en tierras montañosas, no irrigadas y con suelos pobres, tal como lo consignan los investigadores Mitchell Aide y Ricardo Grau en varias publicaciones (incluyendo Science). Pasa igual en México. A pesar de que en nuestro país no se ha logrado reducir la población rural en términos absolutos, sí lo ha hecho en términos porcentuales.

 

Entre 1990 y 2010, nuestra población rural se elevó en 2 millones de personas. Sin embargo, su participación porcentual se contrajo de 29 a 23%, y es posible que ya en los últimos años se haya estabilizado y pronto empiece a declinar en números absolutos. Recuérdese que los países desarrollados mantienen porcentajes muy pequeños de población rural, que rara vez superan 5%.

 

Tenemos aún un largo trecho que recorrer en este sentido. Tal vez por eso no se ha revertido o abatido más la deforestación. Pero al menos la disminución del crecimiento de la población rural junto con otros procesos arriba señalados, ha sido una causa en la caída observada en las tasas de deforestación en el territorio nacional. Téngase en cuenta que éstas probablemente llegaron en la última década del siglo XX hasta un millón de hectáreas anuales, y que hoy se estiman en menos de 150 mil.

 

Hasta hace muy poco tiempo predominaba en México la opinión de que para conservar la biodiversidad y evitar la deforestación era conveniente apostarle a una figura retórica llamada algo así como “desarrollo rural comunitario y aprovechamiento sustentable de recursos”, que en principio suena muy persuasiva. Pero sólo en principio. En realidad ha funcionado en casos piloto y escenarios ecológicos y socioeconómicos muy específicos y poco frecuentes. En lo fundamental tiende a promover la perpetuación de la pobreza y de las causas últimas que han explicado la deforestación masiva en buena parte del país. Subsidios agropecuarios astronómicos (como Procampo1 y Progan2), desde otro ángulo, han convergido en lo mismo, lastrando la emigración a las ciudades y la recuperación de ecosistemas.

 

Todo esto debe cambiar y México debe apostarle a la transición forestal observada en numerosos países (de alta deforestación a estabilización forestal y recuperación), favoreciendo y apoyando la emigración a las ciudades –donde puede combatirse eficazmente la pobreza– y la conversión de tierras poco productivas hacia la generación de servicios ambientales y bienes públicos estratégicos. Ahora, el programa Redd3 (Reducción de Emisiones por Deforestación), en el contexto de la lucha contra el cambio climático, puede ser una gran palanca técnica, institucional y financiera para ello. Con esta lógica, debe buscarse una nueva racionalidad territorial: ciudades grandes y eficientes; agricultura moderna y productiva en tierras aptas; restauración ecológica; captura de carbono y conservación en el resto (que es la mayor parte).

 

 

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