Patagonia al Viento

Alguna vez, y casi como un recuerdo difuso, escuché de una región lejana ubicada en el cono sur, cerca del fin del mundo. Desolada y poco accesible para muchos, enigmática y salvaje para otros, Patagonia era sin duda un lugar a donde sólo los seres más audaces podían llegar.

 

Recientemente, la referencia más cercana que tenía sobre esta porción del sur de América venía de las caradriformes, esas pequeñas aves migratorias neárticas que, se dice, esperan el otoño de cada año para recorrer largas distancias, volando sobre la extensa franja costera del Pacífico en busca de condiciones ambientales adecuadas para invernar; algunas de ellas tan aguerridas que logran atravesar el continente entero, alcanzando a partir del vuelo este rincón extremo: Patagonia.

 

 

Aquí, el tiempo como lo concebimos —con ese imparable y a veces delirante cronometrar— no existe. Las manecillas del reloj al interior del velero que me transporta por canales laberínticos dan vueltas incesantemente. Tic tac. Tic tac. Tic tac. Es tiempo. Es el aroma y no el repiqueteo lo que me indica que el pan en el horno está listo, sólo eso. Tic tac. Tic tac. Qué absurdo ese sonido cuando se aprende a vivir con el vaivén de las olas, cuando las leyes del tiempo las dictan las corrientes de viento, cuando se sincroniza la vida con las leyes del orden natural. Quien ha navegado por el Archipiélago de los Chonos lo comprende. Patagonia no se mide, no se cuenta; se percibe, se respira, se observa. La vida se renueva a cada instante y la única constante es el cambio, el movimiento. Los elementos naturales son la fuerza imperante en este gran reino que vibra; se reacomodan, surgen y desaparecen, nacen y mueren. Ningún momento es igual a otro, no hay otro, únicamente éste. No recuerdo haber vivido el presente tanto como aquí y ahora.

 

Las nubes que pasan por encima de nosotros llegan del norte en veloces ráfagas de viento, hace falta un parpadeo para que cubran por completo el extenso cielo. Una densa capa de neblina desciende repentinamente, nos envuelve y tiñe de un gris confuso el paisaje que antes era evidente, el mundo desaparece, sólo queda una lluvia ligera que por gravedad y sin preferencia alguna cae indistintamente sobre el agua y la tierra. Estamos solos, o eso creo, nuevas corrientes de viento llegan y las nubes, la neblina y la bruma, se disipan hasta que desaparecen del cuadro; en su lugar y con toque a espejismo se dibuja la silueta de algunas montañas cubiertas en la cima con un hipnótico manto de nieve. Islotes de diferentes tamaños emergen por doquier trazando los canales que definen nuestro rumbo. Resurge el sol de entre las tinieblas y el lienzo celeste se matiza en tonos azules; transportada en una nube liviana llega una brisa gélida y en un pincelazo pinta un arco iris. Esta realidad es tan onírica que de pronto me cuesta trabajo conciliar el sueño. La imagen permanece fija por un instante, el mundo antes cambiante de pronto se detiene, es fácil depurar la mente en este espacio. Silencio. Calma.

 

 

Una manada de lobos marinos australes que nadan en dirección al velero me traen de regreso súbitamente, sus integrantes nos observan con asombro y sin disimulo; no sé quién está más sorprendido, si ellos de ver cómo nos deslizamos en este extraño artefacto que se mueve con el viento, o nosotros al advertir la curiosidad tan claramente perfilada en sus risueños rostros, son como niños. Observo con admiración las ondas que se hilvanan en el agua a partir de la agilidad y gracia de sus movimientos, parecen bailarines acuáticos con esos cuerpos tan erguidos saliendo del agua a nuestro encuentro. Nos alejamos intentando no perderlos de vista pero es casi imposible, hay tanto mar que parece no dejar espacio para nada. Con esta efigie en la mente recuerdo lo minúsculos y excepcionales que somos en la vastedad de un universo predominantemente vacío.

 

En un ángulo de 360° miro a las aves surcando el cielo en vuelos etéreos. Gaviotas y cormoranes aparecen repetidamente durante los distintos trayectos, son los únicos seres que se muestran complacidos ante el rigor del tiempo.

 

La luz comienza a disminuir paulatinamente y debemos buscar refugio en algún escondrijo del paraíso, encontramos una caleta de apacibles aguas, pareciera que éstas —al igual que nosotros— se preparan para dormir después de un arduo día. El cielo nos regala sus más hermosas tonalidades crepusculares que van difuminándose hasta que no queda una veta de luz a la vista. El mar muda en un reluciente espejo, tan pulcro que llega a confundir mis sentidos, “como es arriba es abajo”. El mundo vuelve a desaparecer, sólo existe la oscuridad estrellada, el aire fresco y una absoluta sensación de paz. Termina un ciclo más… y vuelve a empezar: la vida en el cono sur.

 

 

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