El Conflicto de Bosnia-Herzegovina: Un Apunte al Papel de la Mujer y la Limpieza Étnica

02/05/2011

Quizás si hiciéramos hoy en día un cuestionario a los ciudadanos europeos, de la Europa clásica y primaria, sobre qué no querrían volver a vivir, muchos harían referencia a la crisis económica. Y cuando hablo de europeos me refiero mayormente a aquéllos considerados población activa, aquéllos que nos encontramos ubicados en la parte media de la pirámide de población, aquéllos para los que ser trabajador de cuello azul ha sido una realidad poco esperada. En cambio, si desde nuestra posición intermedia en esa imaginaria pirámide echáramos un ojo hacia arriba, hacia la parte alta, la situación cambiaría. La respuesta cambiaría mucho.

 

Muchos de nosotros no hemos vivido un conflicto. Ni siquiera somos conscientes de haber tenido uno cerca y, a veces, no apreciamos lo que significa nacer y crecer en un entorno libre de violencia. Incluso hemos apagado las historias voceadas de personas que en muchas familias nos han agarrado de la mano más de una vez y, con ojos asustados, nos han dicho “rezo para que esto no lo tengas que ver nunca”. Porque sí, los del último piso de la pirámide lo vivieron.

 

Del mismo modo, la respuesta por parte de algunos europeos del este probablemente sería similar a la de las persona de la parte alta. Y en este caso, éstos no los mirarían de reojo sino que deberían alzar de nuevo la cabeza y, muchos en edad escolar, deberían ponerse de puntillas para alcanzar a ver a aquellos otros europeos, del mismo continente, supervivientes de antiguos conflictos que poco a poco mueren y con ellos un legado “de lo que aprendimos y que vamos camino de olvidar”.

 

Las guerras de Yugoslavia se llevaron a cabo entre 1991 y 2001. El conflicto que afectó a seis ex repúblicas soviéticas duró 10 años y no fue un conflicto que obedeciera solamente a causas políticas, económicas y sociales, sino también a razones religiosas y étnicas.

 

Tras los primeros conflictos Serbia, Eslovenia y Croacia adquirieron su independencia a principios de los años 90 y el conflicto se trasladó a Bosnia-Herzegovina en 1992. A pesar de que sin duda este último fue el que más impacto y estudio suscitó dentro de la comunidad internacional, hay que aprender que prestar atención no implica hacer una lectura correcta de los acontecimientos. Y esta reflexión es aplicable a todo, las voluntades predisponen a comprender pero no obligan, al igual que las conciencias y la moral.

 

La comunidad internacional retrató la violencia en Bosnia como un resultado previsible a cualquier conflicto, apuntando cierta prevalencia de enemistades étnicas que tras la muerte de Tito en 1980, jefe del Estado de Yugoslavia, se incrementaron produciéndose en la región un aumento sistemático de los movimientos nacionalistas, principalmente serbios y croatas. Estas intencionalidades que traspasaron lo social hasta dirigir la política en buena parte de la región, propiciaron el campo para la lucha del territorio bosnio; un territorio en donde convivieron pacíficamente durante años bosnios-croatas, bosnios-musulmanes y serbios-bosnios. En este sentido, y aunque creamos que ningún conflicto debería ser fríamente clasificable, el conflicto yugoslavo se catalogó a posteriori como un conflicto étnico y la violencia fue estimada como algo inevitable, heredado por las guerras precedentes, sin tener en cuenta que las identidades son cambiantes y que los conflictos étnicos responden a una lógica de dominación, la cual es reflejo de las desigualdades existentes.

 

Esta lógica de desigualdades fue obviada en cierto momento calificando el conflicto de guerra civil. En muchos aspectos, calificar un conflicto de manera global fomenta el olvido de las especificidades y obviando el conglomerado de características únicas se pierde la exposición del trato y papel de la mujer dentro de un conflicto. La autora Catharine A. MacKinnon en su ensayo “Crímenes de guerra, crímenes de paz”, puntualiza la importancia de atribuir el papel justo a la cuestión de género en el conflicto yugoslavo; percibir a las mujeres como actoras del conflicto, alejándolas de la invisibilidad constante a la que están sometidas. Esta última reflexión no es gratuita. Si bien, como hemos establecido, el conflicto yugoslavo debe entenderse bajo una lógica de dominación, la cuestión de género y su desigualdad ha sido una constante en todos los sistemas construidos y es cuestionable incluso en el derecho.

 

En este sentido, puede que en papel se garantice la igualdad entre hombres y mujeres, pero a efectos prácticos los derechos fueron institucionalizados por hombres, tienen un carácter masculino y la igualdad jamás podrá entenderse como un simple mecanismo para garantizar el acceso de las mujeres a las mismas esferas que los hombres. La igualdad debe ser entendida como ausencia de jerarquía, no como semejanza, por lo tanto, debe incluir en la práctica la idea de la resistencia como derecho al abuso y a las violaciones sexuales sistemáticas que se producen de manera reiterada en todos los conflictos.

 

La cuestión de género es vital para comprender el conflicto yugoslavo. Si bien hombres y mujeres compartieron de manera similar el conflicto, en algunos aspectos, tales como la pérdida de seres queridos, se debe destacar que el género determinó las diferencias entre ambos. No estamos hablando de una guerra civil, tampoco de un conflicto étnico de manera simplista. Según el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia entre 22 mil y 40 mil mujeres bosnias fueron agredidas sexualmente durante la guerra. Por lo tanto, ya no se trata de una dominación como una constante social, sino de la utilización sin impunidad de la agresión sexual como estrategia genocida. Y hay que puntualizar, como establece Catharine A. MacKinnon, que esta práctica debe calificarse como una política oficial del estado serbio y que más allá de serbios contra no serbios, de dominadores contra dominados, se estableció un conflicto étnico que utilizó a las mujeres, con violaciones dirigidas y controladas, como enseres a conquistar, como cuerpos a colonizar para garantizar la limpieza étnica.

 

La guerra en bosnia terminó con la firma de los acuerdos de paz de Dayton en 1995, pero el conflicto, que finalmente la comunidad internacional miró de cara con intervenciones por parte de las Naciones Unidas y la OTAN, no exentas de controversia, dejó innumerables tragedias a su espalda. Católicos, musulmanes y ortodoxos; serbios, bosnios, croatas; puede que todos perdieran. Pero ¿qué pasa con la mujeres? ¿Qué pasa con aquéllas a las que siempre se les considera víctimas aisladas? ¿Qué pasa con las mujeres que sufren estas agresiones fuera de un conflicto?

 

Como se cuestiona MacKinnon ¿qué hubiera pasado si la limpieza étnica hubiera sido dirigida contra judíos y no contra musulmanes?

 

“Son las 10 de la noche y mientras escribo mi padre de reojo sigue el tecleo de mis dedos. Conoce todos los conflictos que han acontecido en el siglo XX. Con media sonrisa le recrimino que no me ayude, que no me eche una mano. Avergonzado posa su mano en mi espalda y me responde “lo siento, no puedo ayudarte porque este conflicto no tiene palabras. No tiene nombre lo que nosotros, europeos, hicimos.No tiene nombre lo que dejáramos que pasara”.

 

 

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