Educación para el Futuro de las nuevas Generaciones

02/05/2011

 

El sistema educativo mexicano no promueve la imaginación ni la reflexión ética del futuro en sus miles de niños y jóvenes, ni como proyectos de vida personales ni como colectivos.

 

“La obsesión iberoamericana con la historia nos está robando tiempo y energías para concentrarnos en el futuro. Hay que aprender de China, la India y otros países asiáticos, que a pesar de recordar con orgullo sus historias milenarias viven obsesionados con el futuro”. (Andrés Oppenheimer, ¡Basta de historias!, 2010)

 

“La educación es la fuerza del futuro porque constituye uno de los instrumentos más poderosos para realizar el cambio. Debemos reformular nuestras políticas y programas educativos. Al realizar estas reformas es necesario mantener la mirada fija hacia el largo plazo, hacia el mundo de las generaciones futuras frente a las cuales tenemos una enorme responsabilidad”. (Prefacio de Federico Mayor Zaragoza, exdirector de la UNESCO, al libro Los siete saberes necesarios para la educación del futuro de Edgar Morín, 1999)

 

¿Qué tienen en común estos párrafos? La similitud, más allá de la distancia temporal y perfil de sus autores, es que coinciden en un punto: la educación del siglo XXI que se imparta a las nuevas generaciones deberá prepararlas para que se adapten a los retos que traigan las próximas décadas (pensemos en el año 2050, por ejemplo).

 

Desde la óptica de la imaginación sociológica, el futuro de los niños y jóvenes no se reduce a una serie de variables que puedan predecirse, porque dependerá en gran medida de sus posibilidades históricas como ciudadanos y cohorte generacional diferente a la cohorte predecesora. En primer lugar, del problema de su libertad para elegir y construir sus futuros; en segundo lugar, de la visión y capacidad de los gobiernos para tomar las decisiones adecuadas que les garanticen en el largo plazo mejores condiciones de vida y certidumbre, y, en tercer lugar, de la responsabilidad política de los partidos políticos y sociedad civil para sentar las bases de un futuro mejor que les niega un presente sombrío, incierto y carente de oportunidades.

 

La imaginación sociológica enseña a los jóvenes a examinar sus posibilidades para el futuro. Dicha perspectiva los ayuda no sólo a analizar las pautas existentes de la vida social sino a ver algunos futuros posibles abiertos para ellos. El ejercicio imaginativo del trabajo sociológico puede que no sólo les muestre lo que ocurre, sino también lo que podría ocurrir en caso de que intentaran producir algún cambio en la sociedad. A menos que estén basados en una comprensión sociológica informada de las tendencias actuales, sus intentos para influir en los desarrollos futuros podrían ser ineficaces: ¿cómo les afectarán el calentamiento planetario, la globalización económica, las nuevas tecnologías y la inseguridad en sus formas de vida?, ¿llegará México a un declive económico que les niegue la realización de sus derechos políticos, sociales, económicos, culturales y ecológicos más elementales?, ¿qué cambios culturales experimentarán y cómo serán sus estilos de vida en el año 2050?

 

Ahora bien, ¿por qué razones se debe enseñar en las escuelas a reflexionar, imaginar y diseñar nuestros futuros personales y colectivos? Al menos todas las épocas son diferentes, sin embargo, el futuro sigue siendo tan importante hoy como ayer en la medida en que nuestra época presenta una diversidad de retos y dilemas. El futuro como responsabilidad, prudencia y prevención (en tanto categorías éticas) implica que debemos pre-ocuparnos por el curso de nuestras acciones, en pensar que lo que hagamos ahora tendrá efectos en el mediano y largo plazo, en tratar de prever catástrofes naturales y socioeconómicas, en asumir nuestra responsabilidad para encauzar el desarrollo sustentable de las nuevas generaciones.

 

Todas las decisiones humanas implican juicios acerca de cómo será el futuro. Cuando los jóvenes piensan estudiar una “carrera con futuro”, cuando miles de mexicanos tratan de cruzar la frontera en busca del “sueño americano”, cuando la ciudadanía evalúa las promesas de campaña de un político o cuando los inversionistas le dicen adiós a un país debido a la incertidumbre política: en todos y cada uno de estos casos las personas definen el futuro, y con base en dichas definiciones de futuro toman decisiones y acciones que desencadenarán una serie de consecuencias en sus vidas así como en el entorno social donde se desenvuelvan.

 

El sistema educativo mexicano no promueve la imaginación ni la reflexión ética del futuro en sus miles de niños y jóvenes, ni como proyectos de vida personales ni como colectivos. Se carece de una “cultura del futuro” en la mayoría de las instituciones educativas. Navegamos en el barco de un gobierno sin rumbo, no hay proyecto de nación para el largo plazo porque predominan los planes de corto plazo: sexenales, donde el futuro del “bono demográfico” o de los ninis brilla por su ausencia. Navegamos en medio de las coyunturas internacionales y no sabemos hacia dónde vamos. La coyuntura bélica y la incertidumbre se imponen sobre toda visión de futuro de largo plazo y nos hace reos de la confusión y la indefinición nacional.

 

Desde el siglo pasado, futurólogos como Alvin Toffler plantearon la necesidad de educar para el futuro, sin embargo, en México no se sabe hasta ahora si la Secretaría de Educación Publica (SEP) o si alguna universidad retomó dicha propuesta para incluirla en sus planes y programas de estudio. Aún estamos lejos de una educación para el futuro, así como de su institucionalización académica. Quizá suene pretencioso proponer una educación o pedagogía de un futuro inexistente. No obstante, el pasado no siempre es una guía segura para enfrentar los nuevos problemas y desafíos del presente. Lo que ayer fue verdad, puede que ahora sea un error. De ahí la importancia de enseñar la disciplina de la prospectiva, que significa “mirar hacia delante”, no para predecir el futuro, sino para diseñarlo y escenificarlo a través de una actitud proactiva, consensuada y de largo plazo orientada a la construcción de escenarios deseables, factibles y alternativos.

 

A juicio de algunos expertos en prospectiva, en México todavía es ridículo que la historia tenga carta de naturalización en las universidades del país, pero no así la prospectiva. Mirar hacia adelante en el tiempo es tan importante como mirar hacia atrás. Las universidades debieran ser la tierra fértil para promover nuevos paradigmas, entre ellos el prospectivo: ¿cómo podrían los jóvenes universitarios analizar los grandes problemas del país sin utilizar el herramental de la prospectiva?, ¿cómo podrían reclamar para sí el papel de críticos de la sociedad nacional si no pueden ver más allá de las narices del presente? Los jóvenes deberían tener un interés particular y natural en el futuro. Después de todo, éste les pertenece. En la medida en que México se abra a la participación de diversos grupos en la toma de decisiones será más fácil que los jóvenes se interesen en ir conformando su propio futuro y la construcción del futuro empieza por imaginarlo.

 

En 2010 presenciamos “esa obsesión por el pasado” que cuestiona Andrés Oppenheimer a los países latinoamericanos (a propósito de sus festejos de independencia y crisis de sus sistemas educativos) en su libro más reciente. Además, y dicho sea de paso, la “obsesión por el presente”, donde participan en gran medida los medios de comunicación, tampoco ayuda de mucho a las nuevas generaciones porque las desliga del pasado y del futuro. El discurso mediático y posmoderno privilegia el presente en detrimento del futuro: es la otra cara de la moneda, es decir, la sociedad del consumo, de las modas, del espectáculo y lo efímero. Nuestra sociedad se encuentra en medio de una transición demográfica que está modificando su pirámide poblacional. Nuestro país cuenta con poco más de 30 millones de niños y jóvenes, sin embargo, quienes crean las políticas para dicho sector no son precisamente los niños o jóvenes sino la generación antecesora, la sociedad de adultos, la cual no vivirá el futuro de las nuevas generaciones. Ante este panorama es recomendable que el sistema educativo dé un giro a la orientación temporal en todos sus niveles, porque México requiere de una educación para las nuevas generaciones del siglo XXI.

 

 

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