¿Qué Significa ser Feminista en el Siglo XXI

Hace unos años negaba contundentemente ser feminista. Mi incursión en la administración pública en la década de 1980 me hacía reflexionar sobre la participación de las mujeres en ese mundo social que nos parecía negado, sin menoscabo de reconocer nuestras capacidades profesionales, humanistas y éticas, por solamente hablar de unas pocas, fundamentalmente en el ámbito laboral.

En esa época, sin ser estudiosa del género la vida me llevó a “defender” la posición y el trabajo de las mujeres en las esferas pública y privada. Por otra parte mi labor universitaria me permitía cuestionarme las diferencias esenciales y significativas entre hombres y mujeres, a partir de las funciones familiares y sociales asignadas a unos y a otras. Con el paso del tiempo entendí que la historia y la cultura son elementos que generan estereotipos desde el seno familiar y que éstos se afirman en el mundo social y laboral.

De esta manera, puedo decir que el feminismo ha sido una corriente teórica que reivindicar el papel que ejercen las mujeres en todos los ámbitos en que interactúan. Aunque cabe aclarar que el término fue estigmatizado por creer que el posicionamiento ideológico y conductual no había cambiado después de más de 60 años de su surgimiento en nuestro país.

En la actualidad, la equidad de género ha venido permeando de manera constante en los más diversos ámbitos y en diferentes escalas. La creciente presencia de las mujeres en la vida social ha marcado una parte del mundo durante el siglo xx. Las tendencias políticas, educativas, económicas y culturales indican que en esta centuria se profundizará y ampliará la participación femenina, lo que ya señala una transformación, no de siglos, sino de milenios de estructura patriarcal.

Los desafíos sobre los estudios de género son mostrar horizontes hacia una convivencia más justa, armónica y humanista entre hombres y mujeres.

Los esfuerzos son diversos y permanentes, orientados principalmente a desarrollar conocimientos y acciones que se distingan por sus aportaciones, que hagan posible un mundo de aliento, entereza y solidaridad. La evolución de la conciencia colectiva y el fortalecimiento de la democracia exigen la eliminación de tratos desiguales y discriminatorios por condición de género. Así, hombres y mujeres tenemos el compromiso social de defender y ejercer los principios de participación, inclusión y no discriminación.

Evidentemente, la evaluación del trabajo a favor de la equidad de género es altamente positiva, aunque no satisfactoria. Existen grandes avances, entre los que podemos señalar el derecho al sufragio, el incremento de mujeres que poseen estudios de licenciatura y posgrado, su inclusión en la administración pública, en las diversas áreas de conocimiento y servicio a la sociedad. Cada día existen más hombres sensibles que están conscientes de lo que significa para las mujeres participar activamente en la vida pública, es gratamente conmovedor ver a los padres jóvenes que llevan a sus hijos a las estancias infantiles con pañalera al hombro o que comparten las responsabilidades derivadas de la buena marcha del hogar.

Paradójicamente, reconocemos que queda mucho por hacer, por ejemplo, la violencia intrafamiliar es muy significativa, el acceso al mundo laboral presenta inequidades, el desarrollo económico de las mujeres todavía no les permite tener plena seguridad de ser proveedoras y transitar con confianza del mundo privado al público, el proceso cultural, más que el biológico, se encuentra en despliegue, por señalar algunos retos y tareas pendientes.

En ese sentido, el trabajo personal y profesional a favor del género femenino en los albores del siglo XXI se matiza. Hoy no podemos hablar de radicalismos y mucho menos de actos anacrónicos, nuestro compromiso es responder, en tiempo y forma, a las necesidades del aquí y ahora de nuestras homólogas de género: niñas, adolescentes, adultas, adultas mayores, con capacidades diferentes, indígenas, en fin, todas las mujeres independientemente del grupo etario, raza, religión e ideología.

En la actualidad, hablar de feminismo significa hacer un alto en el camino para reflexionar sobre nuestras preocupaciones y ocupaciones, nuestros retos, nuestro trabajo asertivo y nuestras debilidades, para delinear el camino sin autocomplacencias ni flagelaciones, para continuar con el trabajo individual y colectivo en aras de lograr una equidad de género, en un marco de pleno respeto a la diversidad cultural e ideológica. Es en esta tarea donde la vida colegiada es imprescindible. Con ello, me refiero a un trabajo conjunto, transversal, oportuno, justamente equitativo, que permita apoyar fortalezas y dirimir debilidades, establecer y afianzar el paradigma de que somos, en primer término, las mujeres quienes debemos comprendernos y apoyarnos, sin dejar de reconocer el acompañamiento, a través de los años, tiempo del género masculino. Construyamos alianzas que permitan la sinergia, hacer visible lo que en muchos casos se torna invisible o que, en realidad, no se quiere ver. Creemos, recreemos y difundamos las potencialidades de las mujeres en la vida pública y privada para dejar de formar parte de las estadísticas que laceran el cuerpo y el alma y juntos (as) construir acciones afirmativas que no solamente favorezcan a las mujeres de nuestro medio sino a la sociedad en su conjunto.

Me siento orgullosa de ser mujer, de asumir el compromiso social de ciudadana, de cumplir con las diversas funciones en los ámbitos público y privado, de procurar con mis actos cotidianos favorecer el reconocimiento de las mujeres. Si a eso se le llama feminismo, entonces, innegablemente soy feminista.

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