Sobre la Experiencia y el Valor de Educar

04/01/2011

 

Mi madre es profesora de una primaria rural en el municipio de Aculco, Estado de México. Crecí entre sus exigencias de mejoramiento escolar continuo y el tiempo disminuido por su permanente dedicación a la elaboración de la planeación semanal, destinada a cientos de niños que me robaban su atención y a los cuales nunca conocí. Juré que jamás me dedicaría a lo mismo…

Hoy, después de muchos años de renegar de su pasión y su entrega, de mi completa incomprensión hacia su amor y su esfuerzo, y, sobre todo, de mi insensibilidad hacia su profesión, recuerdo perfectamente el día en que el camino sorprendió mi andar, haciéndome virar más lejos de lo que tenía pensado.

Tenía 21 años la primera vez que estuve frente a un grupo, todos hombres y mujeres de mediana edad, estudiantes de Derecho y absolutamente incrédulos respecto a la posibilidad de compartir un curso conmigo. Finalmente, fue aquella idea, la de compartir, lo que terminó por convencerlos de que aquella concepción decimonónica del maestro, como un cliché del ser cuasi “superior” y que sabe mucho más que ellos, lograba desvanecerse y se transformaba, en cambio, en un proceso de dialéctica.

Si bien queda claro que no llevo muchos años de docente y que aun ahora que han pasado ya algunas generaciones por mis días todavía los nervios son parte indisoluble en los comienzos de cualquier curso. No obstante, ha sido suficiente tiempo para permitirme descubrir que en el mundo académico hay tres elementos claves en la interacción alumno-maestro. Factores que hacen llevadera y mucho más disfrutable la experiencia cotidiana; sin los cuales los seres humanos no aprenderíamos tan satisfactoria y receptivamente.

En primer instancia, la confianza es indispensable para el establecimiento sano, cómodo y seguro de una relación cercana que trascienda al interior de las aulas, porque contribuye a la generación de respeto, de un intercambio positivo de ideas y porque ayuda a tener una visión clara de los puntos que deben ser cubiertos. La confianza guía.

En segundo término, la responsabilidad es ser consciente de que todo cuanto salga de tu boca repercute en la realidad de quienes te escuchan. Ser reflexivo respecto a ser, pensar y hacer lo que proyectamos en clase porque, finalmente, somos personas que tenemos la obligación moral de formar con el ejemplo.

Por último, quizá lo más importante, la humildad como una forma para acercarnos al otro, siempre con la actitud y conocimiento de que somos iguales, de que los grados académicos no son títulos nobiliarios. En este sentido, no caben dentro del aula las relaciones basadas en comportamientos asimétricos, pues el proceso de aprendizaje no es un “yo te enseño y tú me sigues”, sino una experiencia compartida en la que todos aportamos y dialogamos. Un proceso en el que el alumno tiene el derecho y la obligación de exigir educación de calidad que le sirva para la vida y en la que él sea la parte fundamental de su desarrollo.

Actualmente, soy una maestra en formación, orgullosa de la decisión de vida que he tomado; una mujer que apuesta porque los profesionales venideros sean morales (en el sentido de Rousseau). Una socióloga que descubrió dentro de las aulas la trinchera esperanzadora del cambio social; una persona joven con fe en su generación y que activamente lucha todos los días porque sobrevenga la transformación que tan urgentemente necesitamos.

En este momento puedo decir que me equivoqué cuando juzgué ligeramente a mi madre y, por ende, a quienes recorren las mismas jornadas que ahora vivo. He llegado a comprender que no hay nada más difícil que enfrentarte a muchachos tan heterogéneos y tratar de dejar algo en ellos que sea digno de recordarse: sean los asuntos inmediatos o los conocimientos requeridos para la clase, sean los cimientos a largo plazo que conlleven las ganas de cuestionarse, de pelear, de levantar la voz e incluso de vivir por motivos más nobles que la simple necesidad de respirar, como lo dijo Neruda.

Tengo la fortuna de ser una docente joven y eso me ha permitido vincularme más cercanamente con mis alumnos en sus necesidades, sus motivaciones, sus vacíos y convicciones.Mi falta de experiencia se compensa con nuestras creencias (las mías y las de ellos) en que merecemos dignificarnos a partir del trabajo diario que requiere la permanente reflexión y análisis de lo que ocurre en nuestro entorno, de esta manera aseguramos que nuestro esfuerzo no sea letra muerta.

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