El SNTE a travéz del Corporativismo Mexicano



El corporativismo como reconstrucción institucional


La historia del sindicalismo mexicano podría entenderse desde una lógica, a la que muchos teóricos han denominado “corporativismo de Estado”. Lo anterior se explica por la integración que desde su fundación mantuvo el Partido Revolucionario Institucional (PRI) con los sectores obrero, campesino y popular, bajo una supuesta representatividad de toda la sociedad y sus demandas. Este híbrido político se presentaba como el heredero de la revolución mexicana, así como el impulsor de una democratización naciente en el país. Sin embargo, la realidad dejaba ver que las prácticas políticas dentro de estas organizaciones seguían siendo decididas por una reducida cúpula de líderes sindicales y políticos.


Para entender a los sindicatos es importante conocer una de las definiciones del corporativismo contemporáneo, la cual se determina como una doctrina organizacional con un impacto en el sistema económico y político de un país, basada en asociaciones bien organizadas que forman sindicatos o cámaras de trabajadores quienes, a su vez, conjuntan y promueven derechos laborales, sociales, económicos y profesionales.


El corporativismo sindical mexicano parte de la definición anterior, teniendo como propósito fomentar un contrapeso a las pésimas condiciones laborales y la cruenta represión que se vivía en las industrias nacientes de los años del porfiriato. No obstante, es hasta principios de la década de 1920 cuando se comienza a vislumbrar un organizado y demandante sindicalismo encubado en la reconstrucción institucional, producto del fin de la revolución mexicana. Asociaciones gremiales y partidos políticos de izquierda buscaban garantizar el cumplimiento de los proyectos gubernamentales y las promesas que se habían hecho a los sectores obrero, campesino y popular. A través de la década, estas asociaciones se van fortaleciendo por el padrinazgo que el naciente Partido Nacional Revolucionario (PNR) y el sistema político oficialista les fueron brindando.


En 1934, cuando Lázaro Cárdenas llega a la presidencia de México, entiende que para poder desprenderse del maximato, comandado por Plutarco Elías Calles, era menester contar con el fiel apoyo del ejército, de ciertos aliados políticos clave, sobre todo, de las agrupaciones sindicales, que al principio lo consideraban como un títere más del “Jefe Máximo”. Cárdenas asume que para poder gobernar era indispensable entender a la sociedad dividida por sectores y organizaciones, que formaban parte de un todo organizacional de representatividad popular. Lo anterior produce, durante este sexenio, un diseño de política de masas que supuestamente buscaban el beneficio de la sociedad, sobre todo, son los líderes sindicales quienes obtuvieron un poder financiero y de negociación frente al Estado, el cual muchas veces no se tradujo en mejoras notorias para sus agremiados (Anguiano, 1975).


Integración del gremio magisterial y fractura del sistema político


Frente al subsecuente reacomodo institucional se da también un reajuste en la forma de dirigir el sistema educativo; de este modo, siguiendo el modelo de política de masas promovido por Lázaro Cárdenas, se funda el 15 de marzo de 1944 el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Esta organización adopta como propósito original mantener en orden a las variadas e inestables corrientes magisteriales, dado que su diversidad preocupaba al Estado posrevolucionario, ante el continuo conflicto político y la tensión social que el gremio generaba. Para el gobierno de Manuel Ávila Camacho, aceptar la creación del SNTE de modo corporativista, facilitaría las relaciones entre el Estado y uno de los gremios más activos y numerosos del país.


Durante las décadas posteriores los sistemas político, social y económico de México se conjuntaron en un solo ente, englobado en una fórmula tripartita donde confluían los representantes de los trabajadores o líderes sindicales, los empresarios e inversionistas y el Ejecutivo nacional al mando, arropado por la investidura presidencial intocable durante seis años.


Con el paso de las décadas y ante los incesantes cambios sociales, tanto dentro como fuera del país, se fue desgastando el arreglo histórico que se había mantenido entre los líderes sindicales y el Estado. Esta relación se basaba en el mantenimiento de la paz social y la movilización electoral por parte de los agremiados en época de rotación presidencial a cambio de prebendas de distinta índole, con el objetivo de mantener una inmensa red clientelar. La anterior era la realidad funcional del corporativismo mexicano: ejercerse como una maquinaria electoral y mantener a raya a las huestes campesinas, obreras y profesionales a cambio de mínimas raciones políticas y económicas que a pocos fortalecía, y que a la gran mayoría apenas le permitía sobrevivir en el cambiante contexto nacional.


La estructura tripartita que sostenía al régimen priista comenzó a sufrir una serie de fracturas, producto de deficiencias denotadas por el modelo económico de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI). La mayoría de las repercusiones de este fracaso fueron absorbidas por la sociedad ante las consecutivas crisis económicas. La catarsis de este modelo económico se da en los años ochenta cuando el gobierno, ante la incapacidad de satisfacer las demandas de los sectores corporativos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), provoca una inconformidad general, por lo que inmediatamente es señalado como el principal responsable de las catástrofes financieras, hecho que lleva al distanciamiento y falta de representatividad frente a su antigua base social (Dresser, 1995).


Para esta misma década, se da otro elemento de fractura en el arreglo institucional del régimen priista debido al arribo al gobierno nacional de una nueva camarilla política del partido oficial poco afín al discurso proteccionista económico que se había venido pronunciado desde el fin de la revolución. Este grupo fue conocido como los tecnoburócratas, quienes desde su inicio comenzaron a implementar una serie de políticas públicas enfocadas a la apertura internacional del ámbito económico, hecho que fue debilitando los intereses de una mayoría del partido y sus sindicatos (Dresser 1995).


El poder corporativista frente a la consolidación democrática de México


Cuando Carlos Salinas de Gortari arribó a la presidencia de México, el sistema político parecía haber sufrido enormes cambios. La escisión del ala izquierda del PRI, liderada por Cuauhtémoc Cárdenas y su subsecuente participación como candidato de los sectores de izquierda en las elecciones presidenciales de 1988, fue un hecho que hirió profundamente la integridad del régimen priista. Una vez pasadas las elecciones surgieron una serie de protestas ante