El SNTE a travéz del Corporativismo Mexicano

04/07/2010

 

El corporativismo como reconstrucción institucional

 

La historia del sindicalismo mexicano podría entenderse desde una lógica, a la que muchos teóricos han denominado “corporativismo de Estado”. Lo anterior se explica por la integración que desde su fundación mantuvo el Partido Revolucionario Institucional (PRI) con los sectores obrero, campesino y popular, bajo una supuesta representatividad de toda la sociedad y sus demandas. Este híbrido político se presentaba como el heredero de la revolución mexicana, así como el impulsor de una democratización naciente en el país. Sin embargo, la realidad dejaba ver que las prácticas políticas dentro de estas organizaciones seguían siendo decididas por una reducida cúpula de líderes sindicales y políticos.

 

Para entender a los sindicatos es importante conocer una de las definiciones del corporativismo contemporáneo, la cual se determina como una doctrina organizacional con un impacto en el sistema económico y político de un país, basada en asociaciones bien organizadas que forman sindicatos o cámaras de trabajadores quienes, a su vez, conjuntan y promueven derechos laborales, sociales, económicos y profesionales.

 

El corporativismo sindical mexicano parte de la definición anterior, teniendo como propósito fomentar un contrapeso a las pésimas condiciones laborales y la cruenta represión que se vivía en las industrias nacientes de los años del porfiriato. No obstante, es hasta principios de la década de 1920 cuando se comienza a vislumbrar un organizado y demandante sindicalismo encubado en la reconstrucción institucional, producto del fin de la revolución mexicana. Asociaciones gremiales y partidos políticos de izquierda buscaban garantizar el cumplimiento de los proyectos gubernamentales y las promesas que se habían hecho a los sectores obrero, campesino y popular. A través de la década, estas asociaciones se van fortaleciendo por el padrinazgo que el naciente Partido Nacional Revolucionario (PNR) y el sistema político oficialista les fueron brindando.

 

En 1934, cuando Lázaro Cárdenas llega a la presidencia de México, entiende que para poder desprenderse del maximato, comandado por Plutarco Elías Calles, era menester contar con el fiel apoyo del ejército, de ciertos aliados políticos clave, sobre todo, de las agrupaciones sindicales, que al principio lo consideraban como un títere más del “Jefe Máximo”. Cárdenas asume que para poder gobernar era indispensable entender a la sociedad dividida por sectores y organizaciones, que formaban parte de un todo organizacional de representatividad popular. Lo anterior produce, durante este sexenio, un diseño de política de masas que supuestamente buscaban el beneficio de la sociedad, sobre todo, son los líderes sindicales quienes obtuvieron un poder financiero y de negociación frente al Estado, el cual muchas veces no se tradujo en mejoras notorias para sus agremiados (Anguiano, 1975).

 

Integración del gremio magisterial y fractura del sistema político

 

Frente al subsecuente reacomodo institucional se da también un reajuste en la forma de dirigir el sistema educativo; de este modo, siguiendo el modelo de política de masas promovido por Lázaro Cárdenas, se funda el 15 de marzo de 1944 el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Esta organización adopta como propósito original mantener en orden a las variadas e inestables corrientes magisteriales, dado que su diversidad preocupaba al Estado posrevolucionario, ante el continuo conflicto político y la tensión social que el gremio generaba. Para el gobierno de Manuel Ávila Camacho, aceptar la creación del SNTE de modo corporativista, facilitaría las relaciones entre el Estado y uno de los gremios más activos y numerosos del país.

 

Durante las décadas posteriores los sistemas político, social y económico de México se conjuntaron en un solo ente, englobado en una fórmula tripartita donde confluían los representantes de los trabajadores o líderes sindicales, los empresarios e inversionistas y el Ejecutivo nacional al mando, arropado por la investidura presidencial intocable durante seis años.

 

Con el paso de las décadas y ante los incesantes cambios sociales, tanto dentro como fuera del país, se fue desgastando el arreglo histórico que se había mantenido entre los líderes sindicales y el Estado. Esta relación se basaba en el mantenimiento de la paz social y la movilización electoral por parte de los agremiados en época de rotación presidencial a cambio de prebendas de distinta índole, con el objetivo de mantener una inmensa red clientelar. La anterior era la realidad funcional del corporativismo mexicano: ejercerse como una maquinaria electoral y mantener a raya a las huestes campesinas, obreras y profesionales a cambio de mínimas raciones políticas y económicas que a pocos fortalecía, y que a la gran mayoría apenas le permitía sobrevivir en el cambiante contexto nacional.

 

La estructura tripartita que sostenía al régimen priista comenzó a sufrir una serie de fracturas, producto de deficiencias denotadas por el modelo económico de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI). La mayoría de las repercusiones de este fracaso fueron absorbidas por la sociedad ante las consecutivas crisis económicas. La catarsis de este modelo económico se da en los años ochenta cuando el gobierno, ante la incapacidad de satisfacer las demandas de los sectores corporativos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), provoca una inconformidad general, por lo que inmediatamente es señalado como el principal responsable de las catástrofes financieras, hecho que lleva al distanciamiento y falta de representatividad frente a su antigua base social (Dresser, 1995).

 

Para esta misma década, se da otro elemento de fractura en el arreglo institucional del régimen priista debido al arribo al gobierno nacional de una nueva camarilla política del partido oficial poco afín al discurso proteccionista económico que se había venido pronunciado desde el fin de la revolución. Este grupo fue conocido como los tecnoburócratas, quienes desde su inicio comenzaron a implementar una serie de políticas públicas enfocadas a la apertura internacional del ámbito económico, hecho que fue debilitando los intereses de una mayoría del partido y sus sindicatos (Dresser 1995).

 

El poder corporativista frente a la consolidación democrática de México

 

Cuando Carlos Salinas de Gortari arribó a la presidencia de México, el sistema político parecía haber sufrido enormes cambios. La escisión del ala izquierda del PRI, liderada por Cuauhtémoc Cárdenas y su subsecuente participación como candidato de los sectores de izquierda en las elecciones presidenciales de 1988, fue un hecho que hirió profundamente la integridad del régimen priista. Una vez pasadas las elecciones surgieron una serie de protestas ante el supuesto fraude electoral, que provocó que el recién electo presidente de México asumiera su cargo frente a una severa falta de legitimidad social.

 

Las primeras acciones de Salinas de Gortari tuvieron como objetivo legitimar su poder presidencial. De este modo, decide iniciar un proceso legal en contra del líder sindical de Petróleos Mexicanos (PEMEX), “la Quina”, por presunto enriquecimiento ilícito. Esto, aunado a lo anterior, tuvo el propósito de mandar una señal de mano dura al resto de los sindicatos y a algunos actores políticos que habían decidido desvincularse del PRI.

 

Otro acto similar que marcó el modo en que se dirigía al SNTE fue el momento en que Salinas solicitó la renuncia a Carlos Jonguitud Barrios, quien se desempeñaba como Secretario General de este sindicato, bajo el argumento de que era incapaz de resolver el conflicto magisterial que había iniciado apenas unos meses antes. De este modo, con el objetivo de sobrellevar las inconformidades magisteriales se designó como nueva Secretaria General del SNTE a la maestra Elba Esther Gordillo Morales (Raphael, 2007).

 

Una vez que la Maestra asumió su cargo inició una fase de negociación y presión frente a los maestros disidentes pertenecientes a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), organización paralela al SNTE; además dio solución al problema interno y externo por el que atravesaba el sindicato, hecho que le garantizó legitimidad entre los agremiados. Posteriormente, afianzó alianzas dentro del gobierno forjando una relación de fidelidad política que tenía como propósito resistir a los embates políticos que el SNTE podía ser susceptible de recibir.

 

El primero de ellos surgió ante la propuesta de Carlos Salinas sobre la necesidad de descentralizar el sistema educativo mexicano, cuestión que de acuerdo con el magisterio, atentaría contra la integridad del SNTE. El hecho de dividir el aparato magisterial en 32 secretarías locales, con personalidad jurídica y patrimonio propio, significaba disminuir su fuerza como grupo hegemónico de presión y movilización nacional.

 

El Programa de Modernidad Educativa que había propuesto Salinas fue encargado a Manuel Bartlett Díaz, quien desde la Secretaría de Educación Pública impulsó una reforma de descentralización, de calidad y de equidad de la educación mexicana. No obstante, desde un principio la posición de la maestra Gordillo fue de total rechazo a esta reforma que calificaba como radical. Inmediatamente el SNTE optó por elaborar su propia propuesta de reforma educativa, así un conjunto de notables intelectuales construyó un proyecto de educación a favor de los intereses del SNTE (Raphael, 2007).

 

Finalmente, este hecho desembocó en mayo de 1992 con la firma del Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (ANMEB) y el triunfo indudable de Elba Esther Gordillo Morales al frente de un SNTE más unido y fuerte. Este acuerdo dio el banderazo de salida para que el sindicato magisterial procediera a afianzarse como un actor político con el que era conveniente asociarse, lo que con el tiempo le dio oportunidad de ganar mayor fuerza frente al nuevo entorno de apertura democrática en que el país se encaminaba. En muchos casos el SNTE, con su gran base de movilización, apoyó electoralmente a candidatos federales y a los aspirantes a gobernador de distintas entidades.

 

El sindicalismo dentro del nuevo contexto nacional

 

Para la década de los noventa las reglas electorales habían cambiado creando una concientización en los electores y una mayor ponderación ideológica. Las redes clientelares de las que disponía el sistema corporativista, en alianza con el partido oficial, ya no funcionaban como antes (Cornelius, 2000). Incluso varios sindicatos comenzaban a desempeñar un papel más neutral en el contexto democratizador que buscaba la sociedad.

 

De este modo, para las elecciones de 1994 al SNTE se le designa fungir como árbitro electoral. El resultado de este trabajo le permitió venderse como un ente altamente eficiente que para el futuro podría desempeñar un rol más allá del de observador.

 

El sindicato se pintaba a sí mismo como una organización modernizadora que dejaba atrás las prácticas del régimen del partido hegemónico y criticaba abiertamente el modo en que antiguamente se llevaba el corporativismo. El nuevo rol del SNTE era plantear soluciones a temas coyunturales de la sociedad, contando con la capacidad de convocar a intelectuales, como el caso del grupo “San Ángel”,  e incluso fungir como un antídoto contra la nueva izquierda que se arropaba socialmente con mucha fuerza (Raphael, 2007). Además, la estructura servía como un ascensor político y social para los agremiados disciplinados, lo que le procuraba más adeptos.

 

El sexenio de Ernesto Zedillo hizo evidentes las nuevas formas de negociación frente al corporativismo mexicano. A pesar de existir diferencias entre la líder magisterial y el nuevo titular del Ejecutivo Federal, era mejor mantener una postura de amnistía hacia el sindicato debido a la fortaleza gremial y las estructuras institucionales con las que contaba la Maestra. Zedillo sabía que el magisterio tenía presencia nacional con una gran fuerza movilizadora de millón y medio de personas capaces de actuar a toda hora y en todas partes, lo que le daba una ventaja comparativa que hacía que el nuevo sindicalismo mexicano, además de ser indispensable, pareciera intocable.

 

Elba Esther Gordillo buscó, en todo momento, ganar y mantener su independencia dentro del corporativismo, pero siempre conservando las buenas relaciones con los otros sindicatos y sus líderes, hecho que con el tiempo ha llevado al SNTE a posicionarse como un ente independiente y como una de las principales fuerzas sindicalistas y operadoras del país.

 

El gremio magisterial ha sido un órgano que en las últimas dos décadas, al mando de Elba Esther Gordillo, ha tenido una capacidad de movilidad y de posicionamiento indiscutible. Esto ha llevado a Renward García a describir a la líder del SNTE como “un ser con notable habilidad y agudo instinto político, que se adapta rápidamente a una realidad política que a todos nos era desconocida y que a muchos resulta desconcertante”, resaltando que su capacidad de supervivencia en el contexto nacional ha sido incontroversialmente admirable (Raphael, 2007).

• Ricardo Raphael (2007), Los socios de Elba Esther. Planeta, México.

• Wayne Cornelius (2004), “Mobilized Voting in the 2000 Elections: The Changing Efficacy of Vote Buying and Coercion in Mexican Electoral Politics”, in J.I. Dominguez and C. Lawson (eds.) Mexico’s Pivotal Democratic Election. Candidates, Voters, and the Presidential Campaign of 2000, Standford University Press, Standford, pp. 47-66.

• Denise Dresser (1995), “Embellishment, Empowerment or Euthanasia of the PRI?: Neoliberalism and Party Reform in Mexico”, in Juan Molinar Horcasitas, Kevin Middlebrook and Maria Lorena Cook, (eds.), The Politics of Economical Restructuring in Mexico, University of California, San Diego, 1994.

• Arturo Anguiano (1975), El Estado y la política obrera del cardenismo, Ediciones Era, México.

• Todd A. Eisenstadt (2004), Courting Democracy in Mexico: party strategies and electoral, Cambridge University Press, New York.

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