Globalización y Políticas Agrarias

04/03/2010

Riqueza y pobreza. Un mundo conectado a Internet y a las nuevas tecnologías, y poblaciones enteras que dependen de la meteorología y de la ayuda internacional. ¿Esta situación dual es consecuencia del proceso de globalización y de la creciente liberalización de diferentes sectores? Permítanme en este artículo intentar desmontar estas dos grandes mentiras que mantienen confundida a la opinión pública: ni la globalización es negativa ni las políticas agrarias que se están aplicando son liberales.

 

En primer lugar, si examinamos a los países más ricos del planeta observaremos lo que tienen en común: economías abiertas que atraen capitales, un creciente papel del comercio exterior, estabilidad política y social, niveles de corrupción poco significativos y alta integración en el proceso de la globalización. No parece que a largo plazo lo importante para lograr una mayor prosperidad sea el nivel impositivo de un país o el peso del sector público. Estos dos factores se adecuarían a la cultura política de cada país de forma que podrían contribuir a la propia estabilidad.

Si observamos los niveles de prosperidad de los países africanos y los del sudeste asiático, la diferencia es abismal. Los países del sudeste asiático han sido testigos de un crecimiento económico acelerado que los ha igualado con las potencias europeas y con Estados Unidos. Este crecimiento es producto de la apertura y la orientación hacia la exportación de sus economías desde los años setenta. El problema no es la globalización, sino que ésta todavía no ha llegado a los países más pobres del planeta.

¿Cómo podemos ayudar a que estos países participen más en la economía internacional y disfruten de las ventajas que la globalización ofrece? Aquí es donde se esconde la segunda mentira. Se apuesta por el liberalismo económico en los sectores donde los países ricos tienen más probabilidad de vender al exterior al tratarse de productos con mayor valor añadido y, por otra parte, los gobiernos de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón mantienen políticas agrarias proteccionistas que, si bien son positivas para algunos sectores de la población de estos países, son altamente negativas para los contribuyentes y sobre todo para aquellos países con estructuras productivas atrasadas que sólo podrían vender al exterior productos agrícolas. ¿Es esto el liberalismo?

Para ser justos, estas políticas proteccionistas no sólo las aplican los países mencionados, sino una larga lista de estados independientemente de su nivel de riqueza. De todas formas, estos tres países tienen economías tan grandes que sus políticas agrarias son las que tienen un mayor efecto en la agricultura del resto de los estados.

La política agraria común de la Unión Europea (PAC) representa la mitad del presupuesto comunitario, unos 50 000 millones de euros anuales. Resulta necesario mencionar que la agricultura no llega a representar 2% del PIB europeo. Los subsidios a la agricultura de todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) suman unos 280 000 millones de dólares anuales. Para hacernos una idea de la magnitud de esta cantidad, la ayuda al desarrollo por parte de estos países alcanza los 80 000 millones de dólares. Diversos analistas de la OCDE estimaron, después de la Ronda de Doha, que si los subsidios a la agricultura se redujeran a la mitad, se añadirían 26 000 millones de dólares anuales a la economía del planeta.

 

El proteccionismo agrario se defiende a través de distintos argumentos. Los países con sectores agrícolas fuertes, como Francia en la Unión Europea (recibe 22% de los subsidios comunitarios), apoyarán las ayudas en nombre del interés nacional para que una mayor parte del presupuesto de la Unión dedicado a la agricultura acabe en su territorio. También a través de estas políticas los partidos se aseguran el apoyo de las zonas rurales. Argumentan que los subsidios agrarios son necesarios para la cohesión territorial de un país. La soberanía alimentaria también se defiende desde diferentes perspectivas, tanto desde posiciones que ponen el énfasis en la seguridad (posición que ha ganado adeptos con la introducción de los transgénicos) a organizaciones no gubernamentales (ONG) que apoyan que la agricultura en los países pobres se destine a productos alimenticios, dando prioridad al consumo local y se decida de forma autónoma y sin coerción por parte de organismos internacionales. A partir de los años noventa se añadieron motivaciones ecologistas para preservar las zonas de cultivo, las cuales han sido incorporadas en la legislación de numerosos estados.

Los países pobres merecen tener un trato igual en sus intercambios comerciales, deberían poder acceder a los mercados internacionales y acumular un capital inicial que les permitiera producir en un futuro artículos de mayor valor añadido.

La solución está en mejorar su acceso a los mercados y también en llevar a cabo reformas internas que acaben con la corrupción y la inestabilidad. La entrada de productos agrícolas de exportación, como el café, la soja o el algodón a los países occidentales, no es sólo permitida sino promovida deliberadamente. El problema en estos casos es que hay monopolios que fijan los precios a los agricultores. Por otra parte, los países del sur no sólo tienen dificultad para entrar en los mercados occidentales con el resto de productos agrícolas, sino que experimentan la entrada masiva de productos europeos y estadounidenses que acaban copando el mercado gracias a las subvenciones, y a la exportación de sus respectivos gobiernos. Por esta razón creo que el liberalismo económico que unos apoyan y otros critican no está siendo aplicado en un sector clave como es el de la agricultura. Principios tan básicos de esta corriente como el libre acceso a los mercados y la libre fijación de precios sin monopolios se dejan en segundo plano cuando contradicen los propios intereses.

En mi opinión, los países ricos deberían centrar sus esfuerzos en apoyar a los sectores punteros en investigación. El futuro pasa por la economía del conocimiento que requiere mano de obra calificada y que proporciona, en términos generales, salarios más elevados que otros sectores. Esto no significa que Europa y Estados Unidos tengan que abandonar la agricultura a medida que vayan desapareciendo los subsidios, sino que ésta al verse compitiendo con productos más baratos de otras latitudes tendría un mayor incentivo para transformarse en un proceso tecnológico más. No dudo que las políticas proteccionistas sean beneficiosas para algunos sectores, pero éstas no son la solución más eficiente ni para los propios países ricos ni menos para el resto del mundo. Cualquier tipo de política tiene sus beneficiarios y perjudicados, pero la prosperidad depende de que los efectos de muchas políticas sean positivos para el conjunto de la sociedad.

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