Educación: ¿Qué nos ha Pasado? (Segunda Parte)

 

Se dijo que la familia es el primer agente educativo en la vida de las personas, constituyéndose en el acontecimiento personalísimo y vinculativo entre seres, que sienta las bases formativas en cuanto a valores, conocimiento de normas sociales, costumbres y tradiciones, entre otras cosas.

Al reconocer que la escuela tiene un papel decisivo, en al menos los primeros quince años de existencia de un individuo, se presume que toda persona debe ser dotada de una educación básica que le permita decidir sobre el rumbo que dará a su vida, sea hacia una preparación profesional, sea para capacitarse con miras a una actividad laboral.

 

Durante ese periodo, la escuela cumple con el papel de homogeneización social, no sólo en la dimensión del saber, sino en el reconocimiento de las manifestaciones sociológicas reinantes y en los diversos rumbos que la humanidad experimenta ante los desafíos del nuevo siglo.

Históricamente las propuestas del positivismo del siglo XIX, el vasconcelismo en los años veinte y del cardenismo en la tercera década del siglo XX fueron, en su momento, la expresión de una circunstancia política, económica y social que definió los rasgos del quehacer educativo y el perfil de los discentes y docentes. Hoy, podría hablarse de la globalización y la educación por competencias que, sumadas a los naturales progresos tecnológicos o didácticos, matizan o transforman la labor de los centros educativos.

En esta segunda parte sobre la reflexión del quehacer y papel del maestro como factor clave en la historia de vida de los alumnos, se evidencia que mucho del rendimiento académico de los niños y jóvenes depende del tipo de modelo que adquieran fuera del hogar y en el segundo círculo educativo de la persona: la escuela como agente educativo y el maestro como modelo de vida de sus alumnos.

Educador es aquella persona cuyo llamamiento o vocación es el de formar mentes, educar carácter y estructurar seres humanos. Quien elige ser maestro deberá tener conciencia de que sus actos trascienden en la vida de otro ser humano, de que todo cuanto hace o deja de hacer tiene impacto en la mente, el alma y el corazón de un niño o de un joven, como se reconoce en los estudios e investigaciones sobre las escuelas eficaces (véase Carnoy, 2007).

Al hablar de maestro, Marcela Chavarría Olarte supone una formación dotada de integración y equilibrio entre saber, hacer y ser; esto es, entre su preparación científico-académica, su habilitación didáctica y su fundamentación ética. Esto significa que la persona que decide abrazar la profesión del magisterio asume la responsabilidad de guiar, orientar, facilitar, descubrir, apoyar y acompañar a una persona ajena a su vida familiar, con un sentido de servicio y fraternidad para sacar “lo mejor de sí mismo”; lo cual obliga a tener una preparación constante, a profesionalizar la educación y a asumir con seriedad semejante responsabilidad.

En este tiempo, se discute mucho si el bajo rendimiento escolar en México tiene que ver con la diferencia entre educación pública y educación privada; si depende de que la escuela esté en zona urbana o zona rural o es dada por las condiciones de vida del maestro o puede atribuírsele al aspecto sindical que priva. Sin negar que esas variables tienen un peso específico, la respuesta hay que buscarla en cada uno de los maestros y de ahí surge la pregunta: ¿qué nos ha pasado?, interrogante que expresa asombro ante el hecho o la dificultad para encontrar una explicación.

Me parece que el devenir histórico de nuestro país ha sufrido de esas dos condiciones, la primera en cuanto a que todos, en mayor o menor medida, no pensamos, no innovamos ni tampoco creamos o proponemos alternativas para mejorar la sociedad. Cuando lo hemos hecho, los caminos elegidos han sido insuficientes para favorecer a un mayor número de personas. En el fondo de todo esto, creo, subyace la incomprensión de las necesidades y retos de la educación.

Se necesita comprender y replantear el alcance de la misión docente y su compromiso ético, a partir de entender que la familia ha sufrido una transformación importante, resultado del impacto de los procesos económicos y políticos, así como de los cambios en su dinámica interna y en la relación de sus integrantes. Tales cambios llegan a afectar la funcionalidad de la familia y, en no pocos casos, su estructura y estabilidad. Es entonces cuando la escuela y los maestros subsanan o amortiguan los efectos nocivos y mantienen estable el rumbo y el desempeño de sus alumnos hasta llevarlos a metas específicas.

De ahí la necesidad de hacer conciencia de ir más allá del reducido papel de forjador de buenos estudiantes, de tomar la tarea de hacer de ellos buenas personas e incorporar el respaldo de los padres, en ese esfuerzo de vincular el sistema familiar con el escolar para encarar los desafíos del siglo XXI con nuevos elementos y posibilidades de éxito.

En resumen, se debe replantear la misión del maestro, además de construir puentes con la familia y la sociedad y buscar en todo momento servir y dejar huella perenne en los educandos. Ésta sería la única forma de revitalizar y dignificar al magisterio. Sólo entonces las otras variables que afectan el rendimiento académico se verán reducidas al máximo.

Carnoy, Martín (2007). Cuba’s Academic Advantage. Why Student in Cuba do Better in School, Standford: Stanford University Press.

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