Educación: ¿Qué nos ha Pasado? (Tercera y Última Parte)

 

El alumno es el destinatario y beneficiario de la labor profesional del docente y éste debe alentar en aquel un progresivo protagonismo en toda actividad y espacio académico, cuidándose de convertir cada sesión en una exposición magistral. Pero  lograr  resultados trascendentes implica no sólo vocación y pericia profesional, sino también conocer a cada  educando y es aquí donde está uno de los problemas serios.

Quizá sean los planes y programas de estudios, la falta de preparación, el número de alumnos por grupo o una combinación de factores; lo cierto es que buena parte de los maestros desconocen el carácter, habilidades y potencias específicas de sus discípulos. Poco o nada han leído sobre los periodos sensitivos y sus desafíos educativos. Ignoran si sus educandos tomaron alimentos antes de llegar al aula; si los padres protagonizan discusiones o desencuentros; si es el menos reconocido en su familia o en la comunidad donde está inmerso. Les resulta irrelevante el peso de las altas y las bajas en su vida afectiva; sólo se les considera sujetos con obligaciones “cuyo trabajo es estudiar”, frase que suele reiterárseles en casa. Y nuevamente, la pregunta obligada: ¿Qué nos ha pasado? Interrogante que vale no sólo para los maestros sino para todos, porque tanto personas como instituciones y corporaciones dan muestras de interés o desinterés por quienes les rodean.

Pero si se trata de información, los profesionales de la docencia encontrarán los aportes relativos a las inteligencias múltiples hechos por Howard Gardner; las contribuciones de Edgar Morin sobre los ocho saberes necesarios para el siglo XXI; lo relativo a caracterología y periodos sensitivos por los que transita todo individuo asi como los tipos de aprendizaje propuestos por la Organización de las Naciones Unidas. Agréguense las recomendaciones de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico y, sobre todo, el contacto estrecho con el discente.

AMBIENTE Y ENTORNO EN LA EDUCACIÓN


El proceso educativo sirve de vehículo para que la cultura eche raíces en el cuerpo de la sociedad y ésta le influye, moldeándolo conforme a sus necesidades.Por eso es que la escuela, los alumnos y los maestros difícilmente pueden sustraerse a la realidad en que viven. No existen encapsulados en un mundo aséptico. En donde ellos se ubiquen podrían protagonizar o reflejar las carencias y riquezas que suelen encontrarse en el hogar, el trabajo, la calle, las relaciones inter e intrapersonales y en cada esfera de la vida social. En consecuencia, el espacio destinado para la docencia puede constituirse en escenario de realización personal o grupal como también en un espacio donde se replica la pobreza cultural y humana que se vive fuera de él.

Esa consideración me permite advertir, de manera general, sobre dos factores que favorecen o entorpecen la tarea educativa. Es hablar del clima o ambiente para el proceso de enseñanza-aprendizaje, por un lado; y de contexto social, por otro. Referirse al primero es visualizar todo aquello que el docente hace para que el espacio académico, la sesión en sí misma y el alumno, estén debidamente preparados para introducirse en el mundo de la ciencia, en el hacer para apropiarse del saber científico y adquirir las habilidades necesarias para una tarea productiva, sea de nivel técnico o profesional.

Y en esta circunstancia encontramos diferencias. Comparen esto: un maestro llega al aula donde están los recursos básicos de pizarrón y pupitres, registra la asistencia, pide orden y silencio a los alumnos y procede a exponer el tema. Dicta lo que considera relevante y pregunta si alguien tiene dudas. Nada. Se despide. Otro docente llega a la misma aula, saluda y se asegura de que esté limpia, involucrando a sus alumnos en ello, mientras coloca imágenes, datos, frases en puntos claves y anota en el pizarrón fecha, tema, objetivo y la(s) competencia(s) que tiene(n) que desarrollarse en la sesión. Pasa lista de presente y abre la sesión con una pregunta a sus alumnos. Después, auxiliándose de cartulinas de color, a manera de diapositivas, explica y precisa y da un tiempo para que tomen nota de la información sistematizada. Inmediatamente después organiza equipos y les entrega una hoja donde vienen algunas imágenes para relacionar con puntos específicos de la exposición, pide identificar la autoría de las frases y, finalmente, les pide elaborar una analogía…

Detengo la descripción porque ya se aprecia lo disímil entre una y otra conducta, la diferencia entre quien trabaja donde le dicen y el que lo transforma para hacerlo idóneo.  La creatividad, la imaginación, el buen gusto, la actitud de servicio y el interés por el prójimo de parte del educador son decisivos.

El segundo aspecto es el contexto social, es decir, las características del lugar donde nace y se desarrolla el estudiante, incluyendo el estatus social al que pertenece y el nivel de interacción con el medio. Porque a mayor exposición mayor influencia y también a menor cultura mayor vulnerabilidad a fenómenos como el consumismo, pérdida de identidad, racismo, violencia, banalidad y otros males sociales. Uno esperaría que la modernidad, que suele medirse por los avances tecnológicos, se tradujera en mayor bienestar y civilidad, sin embargo, no es así. Hoy, los jóvenes, utilizan las redes sociales y el internet para proseguir una comunicación trivial y escasamente para mejorar como personas o como estudiantes. Vemos también que el mercantilismo y la delincuencia se apoyan en esa misma tecnología para manipularnos o agredirnos y no hay una respuesta articulada de los sujetos educativos. Sólo hay esfuerzos modestos de algunas instituciones mientras la mayoría lucha con herramientas simples.

La pregunta que se antoja necesaria en esta parte es ¿el maestro está comprometido con la tarea de sanear el entorno social? Me parece que limitadamente, porque si bien es cierto que entiende que en la educación de las jóvenes generaciones es donde se sientan las bases para favorecer una ética social, un humanismo y un respeto por el planeta que habitamos, también es verdad que privilegia lo disciplinario y los ejes transversales, donde educar en valores se deja de lado en forma importante. Y cuando lo hace, su labor no llega hasta el espacio que controlan los grandes medios electrónicos. Las corporaciones e instituciones, por su parte, dan muestras fehacientes de ir contracorriente de la misión en la que se ubican los maestros y los padres de familia. Ante esto, el ¿qué nos ha pasado? bien valdría extenderlo hacia el conjunto de los sujetos sociales cuya ética dista mucho de ser favorecedora de la educación y del bien común. Lejos están de pretender un México mejor.

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