Las Falacias del Consumo, Las Mentiras del Tener

04/01/2010

“Vivimos en un mundo terrible. La mitad del planeta muere de hambre y la otra de colesterol”. Con esta frase Jesús Quintero dibujó un mapa del planeta. No utilizó más palabras. No dio explicaciones más largas. A veces tenemos la sensación de que el mundo no entiende explicaciones amplias y entonces la teoría y la práctica invitan a trabajar con mensajes cortos. 

 

La publicidad que nos aborda cada día sabe bien de lo que estamos hablando

 

. Constantemente se nos invita al consumo rozando en muchos casos la estupidez y forzándonos a esquivar mensajes que constantemente nos sucumben porque nadie ha dicho que no seamos estúpidos. Eduardo Galeano, en su empeño por explicar cómo las sociedades hace años han perdido el norte, calificó al mundo y sus patrones conductuales como el Imperio del Consumo. Y sin duda no escogió el término imperio por casualidad. Históricamente los imperios se han caracterizado por su gobierno autocrático y sus intenciones expansivas: traspasar fronteras con un poder centralizado.

Así es el mercado, un ente centrista con capacidad de acogida obligada para todo el mundo. El problema del mercado es que no sabemos exactamente qué es. El sistema nos invita de manera nada amable a tener los mercados de los países abiertos, los aranceles bajo control y las materias primas a precios que no fustiguen los intereses de los países norteños. Pero aún así no se descifra el problema del mercado. Y todo porque el mercado no deja de ser un concepto. Es completamente absurdo el panorama que actualmente domina la esfera mundial. Un concepto determina nuestra posición dentro o fuera del sistema. Un concepto. Un concepto que cuando falla nadie puede ir a pedirle explicaciones. Es sorprendente que se nos invite a pensar de manera global y en cambio cuando las cosas fallan el sistema nos traslade el problema de manera individualista. Porque sí. Si el mercado falla quienes quedamos somos las personas y con nosotros probablemente nuestras deudas.

Cuando las cosas no van bien, el mercado jamás responde por nosotros. Consecuentemente al final compramos lo material y mal vivimos lo emocional. Porque lo emocional no deja de ser el mal de la deuda adquirida, en un mundo que consume desesperadamente ansiolíticos por no poder pagar.

De este modo, el consumir no es un derecho sino un privilegio y el derecho de entrar o no en el círculo consumista genera ante todo frustraciones del tipo del “querer ser y no poder” que nos abocan al insomnio1.

 

Y la publicidad contribuye a ese insomnio. Actualmente se nos invita a entender el mundo respetando las diferencias. Intentamos comprender que lo justo es percibir que todos formamos parte de un todo, pero se nos avisa que existen fronteras que difícilmente podemos transgredir. En cambio la publicidad pasa por encima de cualquier delineamiento geográfico. Peor que cualquier partido e ideología única, la publicidad actúa como mecanismo de adoctrinamiento mundial y genera sociedades impresionantemente iguales. Pero el problema no está en el hecho de que todos compremos ropa en Zara o H&M, sino en el supuesto de aquellas compañías que por un puñado de dólares desarrollan “delincuencia publicitaria”.

Compañías como Nestlé durante 2007 publicitaron la calidad de su leche en polvo por buena parte del continente africano. Miles de niños murieron intoxicados por la mala calidad del agua y otros tantos murieron desnutridos por la utilización de esa leche pudiendo haber sido amamantados. Empresas como Coca-Cola reciben beneficios oficiales en países como México a pesar de que los estudios relacionan el producto con las altas tasas de obesidad del país. Por su parte, Wal-Mart, una de las cadenas de autoservicio más importante del mundo, es acertadamente señalada como una empresa que destruye el comercio local y que conoce bien poco los derechos laborales que por ley deben garantizarse a sus trabajadores2.

Nuestra atención podría dirigirse a cualquiera de las grandes corporaciones que sin darnos cuenta penetran en nuestra vida por mensajes cortos. Y es que si la delincuencia publicitaria es terrible aún son mucho peores sus consecuencias a la hora de generar falsas necesidades. Hemos llegado a tal punto que el desarrollo se ha deshumanizado. Es difícil entender el progreso y el desarrollo sin que materialicemos los conceptos. Así, cuando hablamos de desarrollo muchos dejan de ver medidores como los índices de escolarización o las estadísticas de reducción de la pobreza y valoran el progreso dependiendo de aquello que se posee. Y es de este modo que la situación se torna surreal y por el afán de tener y en cierto modo por el afán de ser, de tener una identidad, encontramos personas que apenas pueden comer pero que pagan a plazos una televisión de plasma que jamás podrán utilizar, sin saber que su riqueza se mide justamente por el hecho diferencial que les caracteriza dentro de un mundo monocromático y hecho de calcos.

El sistema invita a alardear. Pero en muchos casos el sistema se equivoca. Se equivoca tanto que desde hace años se escuchan voces desde los países del sur intentando hacernos razonar que aquello que entendemos nosotros como desarrollo no es aplicable en sus países. Hace años que nos exclaman  la dignidad de sus trabajos y el derecho sobre sus tierras y sobre su vida.

Puede que el dinero no de la felicidad. Seguramente ésta es mucho más fácil de alcanzar, pero actualmente los niveles de frustración por necesidades impuestas nos alejan tanto de esta meta vital que incluso muchas familias se tornan monoparentales cuando la felicidad se concentraría en algo tan sencillo como una mesa en donde se contaran el día padres e hijos.

El mundo que construimos es de mentira. No existe. No existe la perfección absoluta ni la posesión absoluta.

Porque ni siquiera existe el valor más primario que es el de la justicia. No es pobre quien no tiene aquello que consideramos necesario. Es pobre el que no se da cuenta de que el mundo es una falacia. Jesús Quintero esgrimió que una mitad del mundo muere de colesterol. Quién sabe si la definición es acertada. Mientras tanto yo sueño algún día poder manifestar “El mundo está cambiando. La mitad del planeta muere de hambre pero la otra mitad de vergüenza”. Y es que la injusticia social al menos se merece una muerte rápida e inequívoca… los medicamentos para el colesterol se pueden pagar con la Master Card.

1. Cfr. Galeano, Eduardo (2005). El Imperio del Consumo. [En línea] [http://latinoamericana.org/2005/textos/castellano/Galeano.htm] [Consultado el 25/09/2010]
2. Cfr. El lado oscuro de algunas empresas. [En línea] [http://www.slideshare.net/goldsaint03/el-lado-oculto-de-algunas-empresas] [ Consultado el 25/10/2010].

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