• María Susana Victoria Uribe

MUSEOS 2.0

La sala estaba repleta. Considero, si la memoria no me falla, que se trataba de una de las conferencias con más asistentes. Nos encontrábamos en el Congreso Anual de la Asociación Americana de Museos (actualmente la Alianza Americana de Museos), en el año ya lejano de 2012 y con la novedosa cuestión de cómo generar contenidos para las redes sociales: cuál sería la personalidad que tendrían las páginas de los museos; hasta qué punto debían ser utilizadas estas nuevas “redes” y cómo se costearía el trabajo de edición virtual. Irónico pensar en lo que 8 años después declararía la que fuera presidenta del Consejo Internacional de Museos, en abril de 2020, Suay Aksoy:


“Paradójicamente, incluso con sus puertas cerradas, los museos nunca han sido tan accesibles. La oferta de visitas virtuales, colecciones, vídeos y conferencias es inmensa y crece cada día. Es como si el brote de COVID-19 hubiese desencadenado una innovación que va más allá de las soluciones digitales, extendiéndose al apoyo de la capacidad de recuperación de la comunidad. Los museos más pequeños que no cuentan con tecnología puntera están demostrando una extraordinaria resiliencia al encontrar otras formas de llegar a sus públicos, a veces con algo tan simple como un hashtag”.


Los museos y las nuevas tecnologías siempre han estado de la mano. De hecho, los museos parecieran ser los centinelas que diferencian entre tecnologías pasadas que se convierten en piezas de exhibición y aquellas que continúan con su halo de novedad y utilidad para soluciones museográficas. Pero ha sido justo con la revolución en los procesos de comunicación que ha caracterizado las dos primeras décadas del siglo XXI, que su relación con estas tecnologías no solo se ha entablado en términos de dispositivos, interpretación de contenidos y formas de interacción, sino, además, en canales de comunicación y estrategias de posicionamiento, al grado de adquirir un carácter protagonista en la tarea diaria y decisiones de peso dentro de estas instituciones.


Vayamos por partes para entender este fenómeno. Los lenguajes digitales y las aplicaciones en red inciden en varias aristas del quehacer museográfico, la primera de ellas o la que conocemos comúnmente, los llamados “interactivos”, o más bien, interactivos digitales: pantallas dispuestas a lo largo del recorrido de museográfico con contenido presentado de una manera más dinámica; hologramas; realidad aumentada, códigos QR; experiencias sensoriales, por mencionar algunos; mismos que propician una lectura y encuentro con el contenido de una manera dinámica y más apegada a las formas de interacción de las nuevas generaciones (por ejemplo, la navegación).


La segunda forma, popularizada y cuestionada desde hace más de diez años, la representa los museos virtuales. Espacios en la Red, que no solo ofrecen recorridos virtuales (como comúnmente suele pensarse) sino que están constituidos por curadurías y entornos digitales que proponen una lectura sobre un tema determinado. Refiero a una forma cuestionada, ante interrogantes referentes a la interacción y apreciación estética que se genera, ¿cuál sería la diferencia de una página, un blog y un museo? ¿los mensajes son claros? ¿podrán sustituir las imágenes en alta resolución a la experiencia de ver los cuadros a unos metros de distancia? ¿cómo reconocer al visitante detrás de una pantalla?


Y una tercera manera –si lo analizamos de manera genérica y solo en términos de contenidos, sin incluir procesos administrativos y de catalogación– es el contenido que da sentido a las redes sociales del museo: página de Internet; Facebook, Twitter, hace años Pinterest; todavía vigente Instagram, Spotify y recientemente, Tik Tok. Un proceso de apropiación en las redes que ha logrado casos muy exitosos como el Museo D’Orsay en París con majestuosas fotografías y cápsulas que semejan pequeñas clases de Historia del Arte, o recientemente en nuestro país, el Museo del Desierto, en Saltillo, con su personaje Braulio, el dinosaurio.


Esta última apropiación, que es la más cercana debido a la pandemia y la emergencia sanitaria, ha cobrado una fuerza vital que incluso en el gremio de especialistas comienzan a ofertarse cursos para crear curadurías de contenidos en redes o el MIDE, por ejemplo, recientemente abrió un puesto de trabajo temporal para una persona que se encargara exclusivamente de sus contenidos en redes. Euforia también cuestionable, pues más allá de las reacciones y los “like” así como las reproducciones, está el hecho medible, una vez abran los museos, del consumo cultural real: es decir, traducir todos esos números en boletos de entradas, visitas guiadas y encuentros con el público.


¿Cuál es el futuro de estos procesos que relacionan a los contenidos de los museos con las nuevas tecnologías y los procesos de comunicación? Hoy por hoy, como el panorama cultural en general, las respuestas deben ser reservadas pues desconocemos cómo reaccionará el público. Por ejemplo, el año pasado, en un encuentro con las industrias creativas de Canadá, directivos del Ontario Science Center compartían resultados de uno de sus estudios de público donde los padres preferían llevar a sus hijos a lugares que no tuvieran tantas pantallas y dispositivos digitales, ya que pasan demasiado tiempo con sus tabletas y teléfonos celulares… y aún no conocíamos los efectos del COVID 19. Entonces, en realidad desconocemos si la gente cansada de ver una obra de arte desde su celular en alta resolución, prefiera esa sensación de pararse frente un cuadro o una pieza y observarla con custodios observándole, gente pasando y un sinfín de encuentros cotidianos y sociales que suceden en una experiencia museológica.


Algo sí me atrevería a concluir: los museos se adaptarán. Lo vienen haciendo desde los primeros dispositivos de interacción a principios del siglo XX, la aparición de las computadoras, el surgimiento del Internet y las distintas experiencias 3D, 4D o lo que esté por llegar. ¿Por qué lo creo?, porque cuando comencé mi carrera en el mundo de la Museografía, como estudiante de la licenciatura en Comunicación, la novedad era descargar las cédulas de las páginas de Internet de los museos nacionales. Hoy por hoy, la novedad sería poder volver a tener la experiencia de pararse frente a una cédula y leerla, sin caer en la tentación de sacarle una fotografía y subirla a un momento Instagram.

María Susana Victoria Uribe

Licenciada en Comunicación por la Universidad Autónoma del Estado de México. Maestra en Historia por la Universidad Iberoamericana.

Curadora y gestora cultural.

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