• María Susana Victoria Uribe

Seamos la Música

En el ya lejano verano de 1982, en una noche calurosa de junio, centenares de personas salieron a la calle para manifestarse. No se trataba de pancartas, bombas explosivas ni gritos angustiantes reclamando por alguna injusticia racial o política interna extrema. Era la música quien ocupaba su lugar en el concierto del tiempo: jazz parisino, ritmos africanos de los magrebíes, voces latinas de la inmigración o piezas clásicas en el violín de algún joven estudiante, tomando las calles de Francia para cumplir la consigna “¡Faites la fête! ¡Faites de la musique!”. “¡Hagan la fiesta! ¡Hagan la música!”



Una de las políticas culturales más exitosas del gobierno francés, exportada con maestría en más de 120 países en el mundo, es la Fiesta de la Música. Nacida en el gobierno de François Mitterrand y siendo Ministro de Cultura Jack Lang, se ha convertido en una celebración mundial donde cada 21 de junio se presentan conciertos masivos y gratuitos en hospitales, escuelas, museos, parques y quioscos mientras que las calles se transforman en el escenario para que todos los amantes de la música, profesionales o no, hagan la música.


Resulta interesante hacer una pausa en el origen de esta celebración desde la óptica de la gestión cultural y, sobre todo, en el antecedente del ministro Lang como una figura de peso en la política cultural francesa y representante histórico de la izquierda en su país (el socialismo francés de finales del siglo XX). Al ser designado como ministro, nombró a Maurice Fleuret como director de danza y música en Francia. Para ese tiempo, y de acuerdo con un estudio de consumo cultural, en el país de Gabriel Fauré y Claude Debussy, uno de cada dos franceses sabía tocar un instrumento; sin embargo, las actividades musicales eran consumidas por un grupo minoritario.


Fue así que surgió la Fiesta de la Música, como una celebración gratuita, abierta a todos los músicos, sin jerarquías de géneros ni de prácticas, y para todos los franceses. De acuerdo con declaraciones de la época, Jack Lang no sabía a ciencia cierta cuántos franceses saldrían o si funcionaría; de hecho, mandaron a imprimir posters, generaron una campaña en televisión y radio y se prepararon para ver lo que resultaba. Más de tres décadas después y antes del confinamiento por el COVID 19, la industria del entretenimiento, incluida la música, sería una de las más fuertes en Francia y una de sus armas más poderosas en la cruzada de la cultura francesa por expandirse alrededor del mundo a través de la diplomacia y la cooperación internacional.


De eso se trata cuando se habla de políticas culturales: se tiene una postura, un análisis previo de la situación del entorno cultural y se propone un programa encaminado a un cambio, una mejora, o en palabras de Maurice Fleuret: una revolución… en este caso, musical. Por supuesto que la Fiesta de la Música ha evolucionado desde aquel último cuarto de siglo, de hecho, en gran medida su vigencia se ha mantenido al ser adoptada como fiesta europea desde 1985 y adquiriendo cada vez más fuerza en países como Alemania (donde la música juega un papel fundamental de su cultura y educación). En México, por cierto, demoró cerca de 20 años en llegar y justo lo hizo a través de la Alianza Francesa, uno de los institutos más reconocidos en nuestro país - el primero fue fundado durante el Porfiriato – que no sólo se dedica a la enseñanza del idioma y su compleja fonética, sino a valores culturales que en gran medida contribuyen a posicionar a Francia como uno de los primeros destinos turísticos y culturales del mundo.


Así, a lo largo de casi cuatro décadas y demostrando la vigencia de su planeación, hasta el 2019 la Fiesta de la Música mantenía vivo su principio de gratuidad, expresión y diversidad. Ni el socialismo francés es como solía pensarse, ni el mundo tampoco, pero el deseo de hacer y ser la música, sí.


Para su edición número 38, la Fiesta de la Música enfrenta quizás el mayor reto de su existencia: la ola de manifestaciones violentas, las medidas de sana distancia y las prohibiciones en cuanto a multitudes de gente se refiere ante la pandemia del COVID19. Sin embargo, al mismo tiempo, tiene grandes aliados para su evolución en el “nuevo presente”: su principio de gratuidad y la gran lección del confinamiento. No fue necesario que llegara el 21 de junio para que la gente saliera a los balcones y cantar ópera, tener un concierto de DJ desde el departamento de un vecino con las ventanas abiertas o los videos caseros a través de las plataformas virtuales para hacer música: este 2020 todos hicimos música como ese grito desesperado que solo supo escuchar el arte.


Posiblemente en este 2020, quizás en las calles virtuales del Facebook y demás redes sociales o en la libertad de volver a los parques, el concierto del tiempo nos vuelva a sorprender como en aquella noche de verano de violines, saxofones, tambores y guitarras lo hicieron con el épico deseo de hacer revolución con el arma poderosa de la música y su diversidad.


María Susana Victoria Uribe

Licenciada en Comunicación por la Universidad Autónoma del Estado de México y maestra en Historia por la Universidad Iberoamericana.

Curadora y gestora cultural.

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