• Porfirio Hernández

Lo que bien se aprende nunca se olvida: aula y cultura

Es el momento de vincular las políticas públicas de educación y cultura, a partir de una nueva visión de gobierno.


Soy un convencido de los beneficios de la actual Reforma Educativa de México, diseñada para incidir en la positiva transformación de cuatro aspectos sustanciales del sistema educativo: el tiempo de la jornada escolar, la modernización de los instrumentos educativos del niño, la evaluación del proceso educativo y la separación de las lógicas sindical y pedagógica de la carrera magisterial.


Algo que no se había logrado a pesar de los esfuerzos de distintos gobiernos federales, ahora ha comenzado a operar justamente en esas cuatro dimensiones, con resultados que mejorarán el sistema educativo mexicano.


A mi optimismo sigue una genuina preocupación: ¿tendremos la capacidad de incorporar el arte y los invaluables contenidos de la cultura en esa nueva concepción educativa?, ¿estamos en el umbral de un resurgimiento de la escuela como núcleo catalizador y de impulso de la creatividad infantil, así como un genuino espacio formador de identidades? En los párrafos que siguen trataré de responder ambas preguntas.


Vinculemos las políticas de educación y cultura


Desde un punto de vista somero, la cultura es el conjunto de patrones de conducta que nos hemos dado para convivir socialmente; la escuela es el proceso social a través del cual se aprenden tales modelos. En un sentido más estricto, la cultura es la aplicación de códigos de conocimiento en contextos prácticos o especulativos. ¿Dónde los aprendemos?, en la escuela.


Como quiera que se le vea, el plantel escolar es el espacio físico idóneo de transmisión de valores, patrones de conducta y conocimientos necesarios, no sólo para adaptarse socialmente, sino también para impulsar las transformaciones del entorno.


En el aula sucede, en parte, el maravilloso proceso de transformación de un ser humano hacia su realización plena; es el espacio para asimilar la tradición, desarrollar modelos de conducta y estimular el desarrollo de personalidades; por ende, es oportunidad de incorporar experiencias que se reproduzcan eficazmente en la vida ordinaria, en pos de la convivencia interpersonal.


De igual valor educativo pueden considerarse los museos, las casas de cultura, las bibliotecas, los centros y escuelas de arte, los espacios culturales de la sociedad civil organizada, toda vez que ahí se resguarda y se pone en práctica la sabiduría del pasado y del presente, a través de los artistas y promotores de cultura.


Por eso es necesario vincular las políticas públicas de educación y cultura en esos espacios fuera del aula, ya que en más de un sentido, tienen el objetivo común de formar conciencia sobre el patrimonio tangible e intangible que nos da identidad comunitaria, aquí y en el extranjero.


La expresión de la cultura es dinámica; necesitamos que las políticas públicas lo sean también, en principio, adaptándose a los espacios y lenguajes de la sociedad.


Hay varias oportunidades. Una de ellas: la revaloración de la apreciación artística, que sustituya la práctica de sólo informar fechas y nombres a los educandos, por la experiencia vivencial del arte como generador de emociones, y apego por los valores estéticos. Para eso se requiere capacitación, o mejor, una verdadera reeducación artística de los profesores, para lo cual, se hace necesario que las horas de sensibilización artística en casas y centros de cultura cuenten como horas de capacitación en la currícula del docente.


Al mismo tiempo, es necesario propiciar la coincidencia de valores pedagógicos con valores artísticos en espacios externos a la escuela, como museos y bibliotecas, mediante horas de interacción que valgan como horas clase. Hoy es posible que las escuelas administren mejor las materias y los tiempos de enseñanza y de tiempo libre; ello permitirá reimpulsar contenidos hasta ahora minimizados en las actividades diarias, como la sistemática apreciación artística y la promoción activa de la lectura, por citar dos ejemplos.


Hay propuestas en todos los campos de la vida social. En hospitales, en centros de reunión social, en los interminables espacios de las urbes de nuestra entidad; cabe instrumentar esa coincidencia nutrida de la voluntad de transformación social, sumando la voluntad de las organizaciones ciudadanas. Tenemos un largo camino por delante.


La vinculación de políticas públicas es oportunidad de mirar integralmente el desarrollo infantil, una apuesta de la sociedad, sin duda. La Reforma Educativa de México apunta en esa dirección, y en realidad, sólo falta que a ella se sume la voluntad de los subsistemas estatales de educación, y en nuestro caso, el Gobierno del Estado de México.


Nos encontramos ante un nuevo ciclo de gobierno de seis años, que bien haría en considerar la integralidad en el ejercicio de su función pública, e incorporar a su Plan Estatal de Desarrollo, la práctica real, genuina y perecedera, que acerque los bienes culturales, un patrimonio dinámico que merece ser reconocido desde los primeros años de los mexiquenses.


Porfirio Hernández

Escritor.

Fue presidente del Centro Toluqueño de Escritores, A.C., de 2010 a 2012.

Desde 2006 publica cada semana la columna de opinión cultural “Hormigas” en el diario Milenio Estado de México.

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