• Pedro Padilla

Otoño en Occidental

Con antelación al análisis del movimiento que se ha denominado en España como 15M, el primer paso debe ser su definición. Se trata de una cuestión básica. Sin embargo, la respuesta no lo es tanto. Queda claro que en su origen es un movimiento ciudadano, espontáneo, con gran afluencia de sangre joven y afín a una ideología de izquierdas; nebulosa en su mayor parte, pero de izquierdas. ¿Pero por qué surge? Por retroalimentación democrática. En un contexto de cambio, de crisis, se produce un grito anónimo solicitando la regeneración política.


Se trata de un proceso de evolución democrática similar a lo sucedido en el siglo XVIII con la irrupción de un nuevo país, EE.UU., cuyos avances parlamentarios acabaron posteriormente por influir en los mismos Estados que en la infancia de la democracia —al menos, tal como hoy la tenemos concebida— se habían apropiado del mérito de su generación. La principal diferencia, con lo acontecido en el siglo XVIII y la actualidad, no es otra que el fulgurante avance de los medios de comunicación. El lugar simbólico que otrora ocuparan el pasquín y el libelo hoy es propiedad exclusiva de las redes sociales alojadas en internet. Twitter y Facebook destacan por encima del resto. Estos medios, creados como entretenimiento, un instrumento a priori adormecedor de masas, han permitido una veloz propagación de ideas. De este modo, lo que siglos atrás requiriese de décadas de gestación, en el movimiento actual se han dejado atrás los diferentes estadios de su crecimiento en cuestión de meses, o incluso menos. Semanas, tal vez.

Así, lo que Occidente conoció como la Primavera Árabe, el movimiento ciudadano gestado en el norte de África y que alcanzó hasta Medio Oriente, derrocando dictadores apoyados por el poder militar, acabó siendo un golpe en la cara del estómago del mundo. La irrupción de la Primavera Árabe supuso que los países instalados en un régimen de democracia parlamentaria, obesos de estado de bienestar, llegaran a comprender que obviamente algo fallaba. Aún más, cuando ante el descontento provocado por la acuciante crisis económica, que ejerce sus tentáculos en el languidecimiento de derechos civiles y sociales, son otros los que se apoderan del poder en la toma de decisiones.

Algo más grave cuando se ejecuta ese cambio de poder con independencia a lo que habían establecido las urnas. Las entidades bancarias, el Fondo Monetario Internacional y los bancos centrales. Diversos nombres para un mismo y oscuro mal: el capitalismo. El mismo ente abstracto, que genera en un movimiento cíclico la crisis económica, es quien asume el mando para superarlo.

El hecho de que España haya sido el primer país de Occidente que albergara una manifestación de ciudadanos en protesta, alegando para ello una percepción de mera apariencia democrática, no es fruto de la casualidad. Dos circunstancias lo posibilitan. En primer lugar, la corta edad de la que adolece su democracia. A diferencia de otros países en los que existe mayor arraigo, gran parte de los que se han echado a la calle en España son los mismos sujetos que 40 años atrás hicieron lo propio para que, tras el fallecimiento del dictador Francisco Franco, España fijase el rumbo hacia un régimen democrático. Ésta es una posibilidad que difícilmente hubiese podido darse en otros países de Europa, de décadas, incluso siglos de rodaje democrático. La otra circunstancia es la proximidad al mundo árabe, no sólo física (apenas 10 kilómetros del Estrecho de Gibraltar separa su costa de la de Marruecos), sino también cultural. Siglos de dominación musulmana y, sobre todo, de intercambio en el gran tablero, que es el Mar Mediterráneo, persisten innegablemente en el acervo cultural español. Un poso que a su vez diferencia a los españoles del resto de europeos. Queda entonces claro que si el germen de democracia inoculado en los países árabes debía de penetrar al primer mundo a través del tercero, España, a caballo de ambos mundos, era el portador proclive.

La ciudadanía se ha echado a la calle. Reclama sus derechos. Exige transparencia en la gestión de sus gobernantes. Trata de paliar los efectos de la crisis en que se ve envuelto el capitalismo. La juventud hace lo que a la juventud se le ha reclamado. En otras palabras: ejerce su rol. ¿Y ahora qué?

Hay voces que temen su disolución por uso. Ebrios de una visión mercantilista, entienden el 15M como un objeto de usar y tirar. Algo de razón les ampara. Otros, en cambio, exigen que su misma evolución los lleve a adquirir la forma de partido político. Quieren éstos que el 15M se reinvente y participe en el juego democrático con las mismas armas que el resto de los partidos. Sería un error. La mayoría de los individuos que se aglutinan bajo la nomenclatura de 15M sólo tienen un elemento en común: su situación de protesta ante el statu quo. El resto de elementos son superfluos. Con toda seguridad, algunos de ellos serán los rostros que en un futuro aparecerán en los carteles de campañas electorales. Y aún así, éstos no representarán al resto de los mal denominados —entiende este autor— indignados. Es un paralelismo similar al que puede establecerse entre Nicolás Sarkozy y Mayo del 68, por ejemplo.

Participar en el circo político privaría a los integrantes del 15M de su derecho de queja. De cuando sea necesario, volver a resurgir de sus cenizas. Mientras el futuro les aguarda van tomando el presente. En Nueva York han conquistado el mismo corazón del capitalismo. En España ha habido un cambio de gobierno. En su ideario existe la noción de que no es más que un cambio de cara. Los hilos y sobre todo el titiritero siguen siendo los mismos. El 15M espera en España. Es su obligación. Lo contrario sería entendido como una traición al espíritu de la democracia. Pero volverá. Sólo aguarda a que transcurra un tiempo que a priori es difícil de determinar. El cariz de las circunstancias, no obstante, induce a pensar que el plazo de espera será breve. Y cuando regrese, el 15M poco se parecerá a su propio embrión originario.

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