• Fernando Domínguez

Los Desplazados: Entre Colombia y México

El orgullo, la alegría, la amabilidad, los paisajes, la gente y los problemas son conceptos que pueden ser distintivos en países como Colombia y México. No es casualidad que en la actualidad este tipo de naciones encuentran puntos de convergencia no sólo en la parte folclórica y cultural, sino en aspectos tan sensibles como las secuelas que el desarrollo y la modernidad han dejado en sus sociedades rurales, campesinas e indígenas.


Para hablar de Estados como los mencionados, existe la obligación de hacerlo desde una remembranza que en alguna parte de la historia comenzó con una identidad similar, la que indudablemente nos lleva a situarnos en la nostalgia de las tradiciones y los dioses remotos, la forma distinta de ver las relaciones de las personas y su entorno, tejidos sociales sensibles; por lo que a partir de este momento, es recomendable desarrollar una visión blindada contra lo que, a veces parecería increíble o absurdo.

Los actores

Colombia, al igual que México, es el producto de una combinación de dos culturas, peleadas entre sí pero que al final terminaron como una sola, viscerales, arrebatadas, temperamentales, efusivas, “futboleras”, nostálgicas, amantes del baile, la música y la bebida.

El comienzo

Los conquistadores occidentales al llegar al continente americano, además de nuevas y diferentes visiones acerca del mundo y la vida, también trajeron consigo enfermedades y ambición. Sed por las cosas que brillan, que se reflejó en el hambre iracunda por tener metales preciosos, a los cuales los naturales no les daban tanto valor. La combinación de ese deseo asesino con “el mandato divino” de evangelización tuvo consecuencias fatales para el nuevo entorno al que arribaron. Matanzas, esclavitud, servidumbre, éxodos, trabajos forzados y otros elementos dieron como resultado lo que hoy día deberíamos de recordar como una de las más grandes aniquilaciones de la historia.

Es entonces comprensible lo que el maestro Eduardo Galeano ha dicho en repetidas ocasiones acerca de cómo fue que los pobladores originales jamás terminaron de entender que los conquistadores podían vender la tierra, si la tierra es la madre, la que da la vida y otorga los elementos para seguir viviendo; cómo alguien puede abaratar y vender a su creadora.

Visiones diferentes en las que las mujeres del nuevo mundo jugaban un rol fundamental en la sociedad, ya que mientras en Europa las mujeres eran personajes de segunda clase, en América las mujeres combatían y eran generalas; actitudes violentas y asesinas que parecieran bendecidas por ese dios celoso, que no aceptaba otros dioses y que ordenaba la evangelización de los indios paganos, quienes no eran otra cosa sino bestias; derivaron en que comunidades tan importantes como los mexicas fueron esclavizadas y desaparecidas, o que los tayronas se refugiaran en lo más alto de las montañas de la Sierra Nevada; eventos que hoy día pueden ser leídos como los primeros desplazamientos internos por factores externos de violencia.

Las causas

Escenarios como los antes descritos, obligan a los pobladores originarios a buscar y encontrar sitios distintos a sus hogares si quieren preservar su integridad. Angustia, confusión y depresión son sólo algunas de las características que las personas que se han movilizado de manera forzada llevan consigo en la cabeza todo el tiempo. El miedo de no saber con lo que se van a enfrentar y la soledad que les acompaña se revuelven con el desconocimiento del idioma, de las costumbres, de los tiempos, de las caras, los colores, olores y, en general, con casi todas y cada una de las cosas de los nuevos lugares a los que arriban.

Realidades donde los campesinos e indígenas siguen viendo a la tierra como un instrumento de sobrevivencia, hogar y recurso de alimentos; visión contrapuesta con la de los grandes terratenientes, gobernantes o empresarios, quienes reducen su óptica a la apropiación de esas tierras y su consecuente explotación, sin que importen los desplazamientos de docenas o cientos de individuos o la afectación catastrófica al entorno por dicha intervención.

Palabras como la cosmovisión son conceptos e ideas que aún no son entendidos por esos personajes ávidos de poder. Bastará dar un vistazo a los indígenas y campesinos de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, donde el trabajo y la explotación de los naturales y sus territorios se ha incrementado y perfeccionado de manera alarmante; donde la muerte sistemática se ha convertido en parte de sus realidades. Señalamientos directos en contra de los mismos empresarios, autoridades corruptas y la inexistente consulta previa, libre e informada a los pobladores de esas tierras han dado como resultado conflictos sociales como el de los wirras, los campesinos ecologistas de la Sierra de Petatlán en Guerrero o los muertos de San José del Progreso en Oaxaca.

Dichas prácticas se ven engrosadas con otros conceptos como las guerrillas, civiles armados, guerra entre ejército y crimen organizado, paramilitares, cambios climáticos; realidades que afectan directamente en el número de seres humanos que deben desplazarse para preservar la vida, característica que en el pasado ocurría sólo en países como el colombiano, pero que en la actualidad alcanzó a México.


La violencia

La creación en los años 40 de uno de los grupos guerrilleros más famosos de Colombia, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), junto con el empoderamiento de grupos de narcotraficantes y la consecuente etapa de violencia y caos generalizado, parece solamente el anuncio de un destino anunciado para México. La violencia y la persecución que busca el empoderamiento de los territorios de producción o de rutas estratégicas trae consigo la necesidad de eliminar cualquier factor que impidiera la libre actividad ilegal en turno, llámense campesinos, indígenas o naturales.

Al principio, grupos como las FARC encontraron su creación en un fin “legítimo” revolucionario, en la actualidad ese tipo de agrupaciones han sufrido una metamorfosis y, al igual que los cárteles mexicanos, dichas agrupaciones secuestran, matan, persiguen no solamente a políticos o gobernantes, sino también a la sociedad civil. Grupos ilegales, como los “paras”, ya no son sólo parte de una realidad colombiana, sino que en México tales personajes han cobrado verdadera vida y fuerza, ejecutando acciones con incidencia directa y negativa en contra de la población civil y los naturales de los territorios en donde operan, sobre todo, normalmente en las partes más lejanas y abandonadas, contra campesinos e indígenas, los que nada tienen que ver con esos conflictos y que su único error fue haber nacido en un territorio que los violentos consideran benéfico para sus intereses.

Por lo anterior, los desplazamientos ya no sólo son para buscar trabajo y una mejor vida, sino que atienden al simple instinto de sobrevivir. La movilización forzada es el camino para que miles de personas lleguen a las grandes ciudades, creando cinturones de pobreza alrededor de dichas metrópolis, en donde no cuentan con servicios básicos o el apoyo del Estado. Ciudades como Cali, Bogotá, Ciudad de México, Oaxaca y Chiapas son sólo un ejemplo de dicho hacinamiento.

A diferencia del fenómeno migratorio tradicional, en donde la cabeza de familia era quien salía en busca de dichas oportunidades, en estos tiempos y bajo las características de violencia antes mencionadas, las movilizaciones masivas cuentan con diversos grupos especialmente vulnerables: mujeres, ancianos, niñas y niños, huyen por igual, todos en busca de auxilio de una sociedad que no entiende en su totalidad la sensibilidad de su situación y que en la mayoría de las ocasiones sólo les ve como diferentes, extraños, pobres, peligrosos; estigmas que potencializan su vulnerabilidad y obstaculizan su integración.

Conclusión

A pesar de tantos malos capítulos, las y los desplazados siguen de pie, con la esperanza de regresar a sus territorios y encontrar todo aquello que les fue arrebatado, sin tener en cuenta las afectaciones que sus comunidades sufrieron; cambios climáticos, variación de la producción de dichas zonas geográficas, inexistencia del tejido social y la presencia de agentes externos y ajenos, son ideas que no pasan por su mente. Los Estados deberán poner atención a este tipo de situaciones, ejecutando las acciones que como garantes están obligados a realizar. Seguridad, salud, educación, consulta y participación son sólo algunas de las deudas que los Estados tienen con los desplazados.

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