• Rodolfo Bracho Pereda

Pasajes e Identidad

Definitivamente el mundo se ha vuelto más complejo; algunos culpan a esa entidad multiforme y escurridiza llamada posmodernidad; otros alegan que la moral burguesa, junto con su entrañable amigo el capitalismo, ha caducado y las formas de convivencia se han liberado y ahora podemos hacer yoga antes de ir a misa de siete, y por las tardes ver un documental sobre la explotación infantil en Malasia mientras bebemos una Coca-Cola. Ahora todo juega.


Pero ante la complejidad del mundo moderno propongo el análisis de un caso sencillo que ejemplifica a su manera el caos inherente al que estamos hoy en día expuestos al asomarnos, tan sólo, a la calle: el transporte público.

Mi relación con los camiones (micros, autobuses, peceras, etcétera) se remonta a mi primera adolescencia. Evadiré la nota nostálgica y sólo diré que en aquellos años uno subía al vehículo sabiendo no sólo la cantidad a pagar (incluso la mayoría de la gente sostenía ya el importe exacto en su mano), sino, aún más importante, la manera en que el intercambio económico ocurriría. Esto, por más obvio que pueda llegar a parecer ha cambiado diversificándose ad nauseam.


Hace unos días tuve el placer de volver a visitar la Ciudad de México. Una vez más, evadiré la nota nostálgica y me ceñiré a comentar la perplejidad en que me sumió el experimentar tan distintas formas de pago en mis diversos viajes en transporte público.

Durante un par de días fui testigo presencial de siete formas distintas de pago para un mismo fin: moverse de un lado a otro de la ciudad.


A causa de la dificultad inherente al tema, a partir de aquí este escrito se volverá esquemático.1


Trolebús: en este vehículo, altamente eficaz y movido vía energía eléctrica, se le invita al usuario a pagar un importe exacto. Al subir a la unidad uno debe introducir la cantidad indicada, ni un peso de más ni uno de menos, dentro de una máquina que se encuentra junto al conductor. No hay cambio, así que si no desea regalar su dinero consiga el importe exacto.


Metrobús: ni siquiera intente acercarse a las terminales de estos vehículos si previamente

usted no ha adquirido su tarjeta recargable. Para poder hacer uso de estas unidades uno debe comprar primero dicha tarjeta, después abonarle dinerito y finalmente deslizarla por un lector electrónico que automáticamente cobrará el importe del viaje.


Peceras: parecería que estamos frente a las viejas formas de pago. En efecto, aquí no hay necesidad de tarjetas recargables o de contar con el importe exacto. Uno puede subirse y pagar con la denominación monetaria que se le pegue la gana. Pero, eso sí, debe estar preparado para informar al chofer su destino, pues éste cobrará según el trayecto del recorrido.


Camión: este vehículo pertenece al periodo clásico del transporte público. La forma de pago es casi similar a la de las peceras, sólo que aquí uno puede despreocuparse a sus anchas. Nadie le preguntará su destino. No hay necesidad de abonos o tarjetas. Y el conductor está preparado para darle cambio. En estas unidades uno puede regresar a los viejos e idílicos tiempos del transporte público.


Autobús: en estas unidades se ha eximido al conductor de lidiar con el engorroso asunto de los pasajes. Una máquina se encarga de ello sólo que a diferencia de la del Trolebús, ésta sí tiene la opción de dar cambio.


Metro: existe una taquilla. Uno debe dirigirse a ella para adquirir su boleto para después introducirlo en la rendija de una máquina y así poder gozar del servicio.


Arcadia: me permito nombrar tan poéticamente a este vehículo puesto que, generalmente, se le suele encontrar en zonas rurales o conurbadas. En ellos, una vez más, el sistema de pago experimenta un cambio radical. El usuario sube al vehículo y, si le place y hay asientos disponibles, puede sentarse libremente. En un principio, el servicio de los Arcadia le parecerá, a la persona acostumbrada a la forma de pago de otro medio de transporte público, gratuito. Pero esto no es así. Además del conductor, dentro de la unidad se encuentra otro individuo trabajando para la compañía de transporte público, cuya labor es la de ir cobrando a los pasajeros. En qué momento decide hacerlo o cómo hace para recordar y diferenciar a los que ya pagaron de los que no lo han hecho, son cuestiones aún por resolver.


La lista es larga y me parece sintomática.


Algunas preguntas al respecto. ¿Cómo hemos logrado reproducir algo tan sencillo como la forma de pago por un servicio? ¿Acaso deseamos ver hasta dónde podemos complicar las cosas? ¿Estas formas de pago reflejan nuestra diversidad cultural? En dado caso, ¿debemos fomentarlas? ¿Qué nos dice esta variedad de formas de pago acerca de nosotros mismos? ¿Expresan nuestra creatividad, originalidad y picardía o simplemente nos dicen que ni siquiera en algo tan trivial como esto podemos ponernos de acuerdo?


Es probable que el tema no moleste a nadie. La gente usa los transportes públicos y no parece incómoda ante esta cuestión. Incluso podría darse el caso en el que esta diversificación de formas resulte, para algunos, la sal de la vida; sus días no serían lo mismo si no tuvieran que detenerse a considerar cómo van a pagar en el camión al cual están a punto de ingresar.


Pero mi mente, perseguida por el fantasma de la practicidad, finalmente, hija de su tiempo, medita en una única forma de pago. Es más, a los choferes se les podría, incluso, ahorrar el meollo del cobro y dejarlos tan sólo a cargo del volante, frenos y acelerador. Podría haber una tarjeta multiusos, aceptada por todos los medios de transporte; electrónica y con un coqueto diseño.

Sueños absolutistas, dirán algunos.


En el fondo quizá, y me gusta pensarlo así, esta diversidad de formas sea una de las maneras en que expresamos nuestro derecho de suelo. El término es de Cortázar y el argentino lo usaba respecto a la ciudad de París.


El derecho de suelo no es más que la lista de características, modismos, idiosincrasias, actitudes y costumbres que se reúnen en un sujeto y lo hacen tener una identidad particular, fincada en gran medida en su entorno. El argentino le da al término un aire suntuoso al referirlo a las afecciones singularmente parisinas; sin embargo, el derecho de suelo es algo que todos conocemos, por el simple hecho de pertenecer a un ámbito social, a una comunidad. Todos hemos tenido que sufrir las imposiciones de nuestro núcleo social; desde los cholos de la Zapata, tatuándose el nombre del grupo y recibiendo tundas de iniciación, hasta las damas de alta sociedad, aprendiendo cómo comportarse frente a un caballero y recibiendo clases para saber cómo agarrar un tenedor y cómo no hacerlo.


Estas normas implícitas dentro de una comunidad podrían llegar a verse, incluso, como reglas de supervivencia en el desafiante mundo de la evolución. Aquél que las aprenda y siga podrá hacerse camino, aquél que las desafíe o incumpla sufrirá la reprimenda de la manada.


El derecho de suelo también sirve de vigía; facilita la detección de un extraño en el grupo. Y quizá ésa sea la única función de las variadas formas de pago: crear una identidad social. Qué importa si resulta estorboso o absurdo, lo esencial es que en esa incomodidad y confusión podemos reconocernos, vernos y sentirnos parte de un grupo, de una fuerza mayor a cualquier individuo.

O quizá simplemente nos guste lo complicado; si no, ¿de qué nos quejaríamos?

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