• Anna Torres Ardell

Las Mujeres no Nacimos ni Ayer ni Hoy

Pareciera que las mujeres hubiéramos nacido hoy. Pero no. Y remarcamos el NO para todos aquéllos que piensen que no lo hicimos hoy pero que lo hicimos ayer.

Tampoco, ayer, tampoco.

Obviamente, sin pretender que el lector sienta que lo sometemos a una pregunta del “trivial pursuit”, cuando el juego está en la recta final y ya tenemos todos los quesitos bien colocados, somos conscientes de antemano que si bien puede que no sepan especificar el nacimiento de la mujer, no es justamente porque desconozcan nuestra existencia humana, sino más bien porque en la secundaria no atendieron a las primeras explicaciones del profesor de historia. O más bien no lo retuvieron. Quién sabe.

Igualmente no saber no es un problema grave. El problema radica en tanto que la mujer hasta hace pocos años ha sido estudiada con base en una lógica androcéntrica, en donde la voz activa era la del varón y las mujeres quedaban relegadas al estudio del parentesco. No es que el papel de las mujeres no fuera estudiado en la antropología sociocultural clásica, pero esta ciencia establecida como tal en el siglo xlx, y por lo tanto relativamente nueva, propiciaba un espacio bien marcado para las mujeres.

Hasta la mitad del siglo xx los grandes estudios antropológicos percibían a las mujeres como activos sociales secundarios, con un papel fuertemente determinado, subyugadas al cuidado de los hijos y en plena dicotomía entre lo natural y lo cultural.

Este último concepto, la dicotomía naturaleza/cultura o la dicotomía público/doméstico, ha sido una teoría fuertemente criticada a pesar de ser expuesta por mujeres antropólogas. La idea que se deriva de ambas dicotomías implica que la subyugación de la mujer viene determinada por su posicionamiento natural, la feminización de la naturaleza y, por lo tanto, de la maternidad. Por su parte, el varón se expone al espacio público y al mundo cultural, de tal modo que siempre ha pesado más el hecho de que los varones de una sociedad fueran grandes cazadores o fueran a la guerra propiciando muertes, más que el hecho de engendrar vida, un papel considerado instintivo-natural propio de las mujeres, como lo muestra el trabajo Antropología y género. Breve revisión de algunas ideas antropológicas sobre las mujeres, de María Eugenia Carranza Aguilar.

Como cualquier ciencia social la antropología carece de exactitud. Igualmente, el rechazo a posteriori o las férreas críticas no sólo se han dado por el simple hecho de la poca adecuación teórica a la realidad, sino más bien por no tener en cuenta las distintas realidades, dado que la antropología busca explicar no sólo las similitudes culturales, sino también las variaciones que permitan estudiar y establecer cuáles son los factores que determinan las diferencias entre sociedades.

Entonces es posible determinar que si bien el androcentrismo ha fijado temáticamente la antropología durante años, también es cierto que el etnocentrismo ha sido utilizado en muchos casos como punto vehicular de ejecución antropológica.

Y es que esta idea de focalizar estudios con base en la cultura originaria no es nueva. Nada nueva. De este modo hace años que desde los países del sur se nos reclama no focalizar el concepto de desarrollo entendido desde el norte a la hora de trabajar sobre una realidad distinta. Porque si actualmente debiéramos trabajar sobre un concepto que homogeneizara a prácticamente todo el mundo lo haríamos sin duda sobre el concepto del mercado. El mercado no sólo determina la agenda política de muchos países sino que, en la mayoría, es el punto número uno de esa agenda política. Por lo tanto, si tuviéramos que unir el concepto del mercado con cierta orientación antropológica deberíamos referirnos a los estudios realizados por Adam Smith en el siglo XVIII, donde se determinaban la mayor o menor subordinación de la mujer al marido dependiendo de los ingresos aportados por la mujer al matrimonio.

A sabiendas que intrínsecamente y empíricamente hay un factor cultural clave que determina el porqué de las relaciones desiguales entre hombres y mujeres, mucha de la cultura popular, ésa que es voceada y transmitida por generaciones no dista mucho de la teoría que el popular economista esgrimió siglos atrás.

Porque actualmente a las mujeres si a algo se nos invita es a ser independientes.

Independencia. E invitarnos a la independencia en muchos casos sólo responde a una aceptación previa de la situación. Es decir, hemos terminado por aprobar, en cierto modo, la inferioridad con respecto al hombre y ahora parece que nos toca combatir en búsqueda de nuestro espacio fuera de las paredes de casa.

El problema es que cuando se nos invita a la independencia lo que se nos ofrece es algo que propiamente ya poseemos.


Y, además, algo tan propio como la independencia hoy en día es un concepto que hemos mercantilizado. Adam Smith estaría contento si levantara la cabeza. Su teoría economicista sobre la opresión de género parece, no distar de la realidad, aunque sin duda actualmente todo es más complejo.

En muchos casos no es una cuestión meramente económica. Detrás de este aspecto simplificamos toda una realidad social que por suerte es cambiante. Pero remarcamos lo económico porque así es como se entiende la intencionalidad “yo no quiero depender, quiero ser económicamente independiente”. Con la mercantilización del concepto somos capaces de visualizar mentalmente el ingreso progresivo de la mujer en el mundo laboral o la capacidad, que siempre estuvo, por parte de las mujeres de tomar sus propias decisiones en todos los ámbitos de la vida.

Igualmente, aunque Adam Smith pueda sonreír tímidamente por sus aportaciones, tasar la independencia tan sólo en términos económicos es sin duda un error. Si no sería inexplicable cómo mujeres con una buena posición social y laboral soportan maltratos físicos y psicológicos por parte de sus parejas. Y es que cuando hablamos de independencia, en su sentido más amplio, la más difícil de conseguir es la emocional. Y peor aún la cultural.

En un país como España el peso cultural de los años franquistas marcó fuertemente la función de la mujer. En 1953 el régimen de Franco a través de su Sección Femenina imprimió La guía de la buena esposa. En ella, como si se trataran de los 10 mandamientos, se establecían cuáles eran las características que una buena esposa debía aportar desde su tarea en casa a su marido. No había más opciones. Y del mismo modo ninguna era más honrosa que ser ama de casa, dedicarte a tus hijos y obviamente intentar facilitarle al máximo la vida a tu marido que, según el régimen, era más complicada, estresante e interesante que la de cualquier mujer. Así pues, amas de casa que jamás fueron amas de su casa. Al menos no en el sentido de propiedad; quizás el término fuera impuesto para determinar de manera clara que las tareas de casa nada tenían que ver con lo masculino; quizás el papel debía cumplirse para que no incitara a titubeos, porque lo que es de uno le pertenece y se establece una frontera imaginaria que no se traspasa sin el consentimiento del propietario. Quizás.

Pero, como todo, el mundo no está lleno de calcos. Y tampoco históricamente las sociedades y las mujeres imperantes en ellas han sido iguales. Al contrario, han mostrado y siguen mostrando resistencia a regímenes establecidos. Seguramente la sociedad de los años 50 en España estaba llena de ellas. Quizás hoy son capaces de decidir. Y pueden ser lo que quieran. También amas de casa. También madres. Y trabajadoras. Y también solteras y sin hijos. O sin más lo que les venga en gana.

No existe un ideal universal, ni una concepción etnocéntrica de cómo deben actuar las mujeres en sus sociedades, pero sí la ilusión de que la independencia sea entendida de manera global y que el derecho de su uso sea garantizado.

Yo, por lo pronto, soy mujer y tengo un valioso canal para manifestarme. Déjenme que les explique que soy trabajadora y que sueño con ser madre. No con casarme. No a menos que el día que suceda me declaren “marido y esposa” y no “marido y mujer”; porque yo ya soy mujer.

Nosotras, las mujeres, no necesitamos a nadie para serlo.

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